Erika Moore - Acceso solo por invitación
No puede ser. No puede ser cierto.
Te estoy viendo y no puedo creer lo que están viendo mis ojos. No sé si eres producto de mi imaginación o estoy soñando despierta. ¿Tú? ¿De verdad? Estabas enterrado en lo más profundo de mi alma penitente. Lo hice bien, te dejé mudo, no tenías acceso. Me preocupé de dejarlo todo impecablemente atado para no volver a sentirte.
Y ahora casi me corro al verte sin que me toques, sin que me mires, sin que me beses. Pero casi me corro de verdad. No soy dueña de mí. Siento que mi pecho se me va a salir. Los latidos acelerados son el primer síntoma. Aprendí a distinguirlos muy bien contigo. Te apropias de mi cuerpo de una forma inhumana.
Acabas de excitarme increíblemente, sin darme tiempo a ser consciente de que aquello que despertabas en mí, despiertas, corrijo, seguía, sigue, vivo. Y tú ni lo sabes.
Es como una llama incandescente. Mi cuerpo reacciona a ti de una manera salvaje. Mis pezones se ponen duros, mi vientre se tensa, mis muslos notan la humedad entre mis piernas, jugueteo con mi pelo y me muerdo los labios. Mi mirada no hace más que recorrer ese cuerpo esculpido por el deporte, que parece que te concede la inmortalidad.
—Antes de tres lunas mi cuerpo volverá a por ti —recordé de aquella vieja canción.
Fue como si te hubiera echado... ¿un hechizo, una amenaza, un castigo quizás? Solo sé que brotaba de mí sin que me hubiera podido contener. La saliva se me acumulaba en la boca, como si fuera una loba relamiéndose al ver mi exquisito manjar favorito. Casi escupí aquellas palabras. Traga, Erika, trágatela toda. Lo pensé como si me estuvieras diciendo tú, una y otra vez, aquellas palabras que tanto te gustaban cuando estaba arrodillada ante ti.
Lo único que veía a lo lejos era cómo un grupo de gente no cesaba de alabarte, de felicitarte, de tratarte como un dios bajado a la tierra para ser venerado en persona por sus más fieles creyentes.
Estabas espectacularmente sexy. Parecía como si no hubiera pasado el tiempo, como si hubieras hecho un pacto con el diablo y estuvieras incluso más resplandeciente que antes. Tu pelo brillaba bajo el sol, rubio y revoltoso, ondeado por la brisa que da el estar cerca del mar. En aquel acantilado, la fiesta era un acto de rebeldía. La pendiente era más que una advertencia: era una condena a muerte, sin lugar a duda. Había una escalera escondida en la gran explanada que tenía aquella cordillera. Pegada a la ladera, apenas se distinguía, ya que las miradas se las llevaba por completo el espectacular paisaje que dejaba el mar en todo su esplendor, liberado de las condenas edificadas de las ciudades costeras. Naturaleza salvaje, como nosotros. Otra advertencia.
Aquel flequillo había crecido. Llevabas el pelo más largo, pero no podía apartar mis ojos de tu boca, que seguía deliciosamente apetecible para mi cuerpo. Aunque no llevabas camiseta, tu pecho no reclamaba protección, ya que estaba muy bronceado y seguía sin vello que lo cubriera. Tus grandes manos no dejaban de chocar con las de otros a modo de celebración. Las mujeres aprovechaban para sobarte sin pudor y a ti te encantaba aquel despliegue de almas hambrientas. Te estabas dejando devorar y yo estaba rabiosa de celos, de no ser yo quien lo estuviera haciendo en vez de todos esos desconocidos. Ninguno de ellos podría saber nunca todo lo que yo conocía de ti.
No dejabas de sonreír. Estabas radiante. Te estaban alimentando el ego sin parar. El poder de la soberbia te dominaba. Era como ver una escena de condenados en el infierno liberándose, al verte, de sus cadenas forjadas. No entendía nada.
Hacía muchísimo calor, aunque fuera enero. Se notaba que estábamos en el sur. Apenas chorreabas agua. Tu pelo ya estaba casi seco, aunque te delataba aquel bañador que todavía coleaba humedad, pegada a tu codiciosa entrepierna. Era inevitable mirar y no apartar la mirada. No estaba en máximo esplendor, al menos no era como yo tenía el placer de conocerla, pero estaba muy presente, y me sorprendí relamiéndome una vez más. Joder.
Llena de veneno estoy. ¿Qué coño me has hecho? Déjame, deja que me aleje de ti. No puede ser, lo sabes, Erika. No podía pensar ahora mismo en eso.
Me intento escabullir entre tanta gente. Intento disimular que no te miro, que quiero huir. Disimulo mal, fatal. Quiero follarte allí mismo, delante de todo el mundo. Mejor dicho, quiero que nos miren, que nos envidien, que no puedan apartar la vista de nuestros cuerpos acoplados, perfectos y en sincronía suiza. Amo esa sensación de poder que te doy sobre mí, de perdición, de vicio, de lascivia, de deseo contenido. Estoy rellena de sumisión contigo presente. Lo que quieras, hazme lo que quieras, cuando quieras y como quieras. Eres mi amo, mi puto amo y señor. Y sí, yo también te venero como a un dios. Mierda.
Con las gafas de sol, nadie puede ver dónde estoy mirando. Las Ray-Ban desvían el cotilleo sobre mí, al menos un poco, aunque estar debajo de una pamela para esconder mi pelo y mi cara no ha sido precisamente una idea inteligente para pasar desapercibida. Como siempre, me llevo miradas por delante. Quizá sea por mi piel, que desentona con el resto; quizá sean mis pecas, que están siempre en lugares inaccesibles y apetecibles. Se despliegan por mi piel como si fueran un mapa para recorrer con las yemas de los dedos y adivinar cuál será el siguiente sabroso tesoro para lamer.
Tú, de momento, no has reparado en mí. Estás absorto en ver lo que hacen los demás. Te fascina, de siempre, observar a la gente. Te excita imaginar que eres invisible y que podrías susurrarles qué hacer, como si no fueran conscientes de sus verdaderos deseos y tú tuvieras que hacerles el favor de materializar sus más ocultos anhelos. Es otra cosa que tenemos en común. Los susurros.
Y mientras, sigue mi mente trazando un plan para ponerte encima de mí.
Necesito sentir tu peso, tu olor, tu piel, tu mirada. Necesito sentirte encima de mí.
Quiero que me devores cada centímetro. Empieza por mi cuello, marcando con tus labios y tus dientes cada zona, enrojeciéndola, saboreando mi piel aderezada con el salitre del mar. Quiero que te impregnes de mí. Quiero que metas tu nariz algo aguileña entre mi pelo, que te deleites con cada fibra de mi ser. Quiero que no puedas evitar envolverme con tus manos, mis caderas, acoplarme a las tuyas mientras sigues devorándome despacio o deprisa. Solo quiero sentirte encima de mí. Quiero que te retuerzas de placer con solo mi olor penetrando en tus pulmones como aire limpio y puro. Llegando a ti sin contaminación de ninguna clase. Pura e irreverente.
Siempre se te notó lo que sientes. Eres fácil de leer, si sabes cómo. Tus ojos te delatan. Pareces achicarlos al mirar algo que deseas con muchas ganas. Tus labios tiemblan con el placer, te muerdes la lengua kilométrica que tienes y el animal que llevas dentro se desata. No quieres y muchas veces no puedes dejarlo salir como quisieras, ya lo sé, porque no eres dueño de él.
Él es tu dueño cuando estás conmigo.
Romperte los esquemas, los planes. Que a veces seamos y a veces no, entre un te deseo y un te odio, entre déjame vivir así, aunque sea lo más triste del mundo, y ven a por mí ahora mismo para devorarme.
Desesperación. Condena. Nadie habló nunca de amor. Solo de odio, pero ¿existe el odio sin amor? Obligarme a olvidarnos es una locura.
La dueña de tu mente, de tus instintos, sigo siendo yo. A pesar de todo. A pesar de ti.
A nuestra historia le hace falta un final… pero esto es solo el principio porque esta vez sí será como siempre quisimos.
La tarde transcurre entre vítores y barbacoas semiacabadas, música a todo volumen de la artista de moda. Aitana y su “Formentera” hacen que el mar de fondo sea más y más azul. Desde que estoy aquí, no puedo dejar de pensar en todas esas veces que hemos follado. Cruzan en mi mente, sin cesar, solos, en tríos, en locales de intercambio, en tu coche, en mi casa, en tu boca, en la mía, en tu culo, en el mío. Joder. Menos mal que llevo una falda; si no, ya se habría dado cuenta alguien de lo mojados que tengo los pantalones. No he tenido la oportunidad de acercarme a solas a saludarte. Ahora suena “Quieres”… esa letra.
Me invitaron desde la empresa a un evento benéfico y resulta que voy a ser yo la que va a recibir piedad al encontrarte. Mis compañeros no se han dado cuenta de nada, pero parece ser que hay que hacerse fotos con los ganadores del concurso. Y allí estás tú. Cómo no, uno de los mejores compitiendo.
Creo que no voy a necesitar ir a saludarte. Ya me has visto.
Y yo quiero morirme.
Y tú vienes directo a mí.
Joder, joder, joder. Tierra, trágame.
¿No me da tiempo a tirarme por el acantilado? Yo necesito planear qué voy a decir, qué voy a hacer, y lo único que ahora mismo tengo son unas bragas mojadas y la garganta seca.
En ese momento me llama mi jefe, que, junto con mis compañeros con gorras y camisetas corporativas, ya va camino del pequeño stand donde se van a hacer las fotos para las redes. Siento su mano apretando mi muñeca, pero no me giro. Me congelo.
De repente, siento su cuerpo detrás del mío. Su olor… me llega. Un golpe de viento hace que mi piel se erice de golpe. Mi corazón galopa, pero no puedo moverme. Tira de mí. Como no me muevo, se acerca a mí, posa su otra mano, sin soltarme la muñeca, en la cadera, y me atrae hacia él. Consigue que dé un par de pasos hacia atrás. Tiene una fuerza que me es imposible combatir.
Siento calor. Su polla está en mi culo y su mano me aprieta más la cadera. La muñeca me duele. Estoy tirando sin ni siquiera pensarlo.
—¿Creías que no me iba a acercar a ti? Si ya sabes que no puedo evitar tu imán. No sabía si estabas con ese tío tan ridículo de la gorra de empresa. No deja de mirarte y babear.
Madre mía, de aquí al paro. Quiero follarlo aquí y ahora hasta dejarlo vacío de leche hasta dentro de cuatro milenios.
—Las fotos nos esperan —oigo decir a un compañero con cara de circunstancia al mirarnos.
—Alberto, suéltame. Ahora no.
—Ya sabes que basta que me digas que no para que sea que sí por mis cojones.
—Joder, que no, que ahora no. No seas gilipollas.
—¿Me vas a insultar? ¿Pero tú qué quieres? ¿Que te empotre aquí delante de todo el mundo? No será por falta de ganas.
Las putas ganas, ¿no?
Con el gran póster ondeando y los flashes en los ojos, la luna mirando y el sonido del mar y de Shakira, esta vez sonando, mis compañeros y yo nos alternamos para posar con el equipo.
Había un chico alto, rubio, con el pelo muy cortito, casi rapado, con una barba pelirroja recortada y de tez bronceada, con un marcaje de abdominales y oblicuos de infarto, que se puso a mi lado para todas las fotos, a pesar de que cambiásemos cada vez de sitio. Y allí estaba Marcus. Era el nombre del tío con las espaldas más grandes y musculadas que había visto y al que, sin duda, yo le gustaba, porque sus manos volaban por el borde de mi falda, jugando al ratón y al gato, mientras sonreía para todas las fotos con una dentadura de anuncio. El alemán me miraba y mi imaginación volaba. Yo le miraba y nos sonreíamos sin decirnos nada. Pero mis ojos se iban a aquel bañador negro en el cual se marcaban sus ganas de mí. No hablaba mucho español y se le veía algo tímido, al menos para compartir palabras. Pero no eran necesarias.
Alberto ya le había dado algún empujón disimuladamente, marcando territorio. Pero estaba encantado de que el guiri me estuviera tirando los trastos. Me vino a la mente aquel delicioso trío con Edu.
En una de las fotos me tocó estar detrás del todo, subida en una especie de tarima improvisada para los bajitos. Los del equipo eran enormes todos.
En ese instante sentí unas manos subiendo por la parte de atrás de mis piernas. La falda me llegaba por la cintura y la mano ya había llegado a mi culo. Yo, hormonada perdida, tensé la espalda, saqué el culo y lo dejé en pompa, deseosa de sentir algún dedo recorriendo mis ganas.
No pude evitar gemir. Al oído, alguien me susurró:
—En la playa te espero. Quiero follarte dentro del mar. Ese ya te ha metido un dedo, ahora me toca a mí.
Al bajar por las escaleras, con la noche ya cerrada, sin más luz que la que dejaba la luna al zambullirse en el mar, vi a alguien en la orilla, sin bañador, adentrándose en el agua. Y con las sandalias en la mano bajé despacio, haciéndome desear por aquel hombre desnudo.
Al llegar a la orilla y quedarme allí mirando aquel cuerpazo al que aún no le cubría el agua el pecho, fue cuando me sorprendí de verdad: una cabeza casi rapada, al lado, sobresalía sacudiéndose el agua mientras un brazo enorme me saludaba.
El agua estaba fría y yo ardiendo.
Erika Moore
No es para todos. Nunca lo fue.
El acceso no se solicita.Se concede.
by invitation only
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