Erika Moore - Acceso solo por invitación
Alberto era hiperactivo. Le traía loco su pasión por el póker y su pasión por mis mamadas. Su actitud humilde le traía demasiados problemas con las mujeres. No se creía lo guapo que era, aunque hicieran cola las tías de su oficina, de su bloque de pisos y del gimnasio de turno para verle a la menor oportunidad.
Me recordaba al anuncio de un refresco de hace años, cuando paraban una oficina llena de tías para ver cómo el guaperas se tomaba lenta y libidinosamente su refresco en su descanso matutino. Lo de Alberto era igual. Lo sé porque un día fui a llevarle al trabajo. Literalmente, las tías se relamían al verle.
Rubio, alto, masculinamente poderoso en su andar, de espaldas y manos grandes. Con una actitud pasota pero irresistible, con una sonrisa provocadora y con una lengua que le juega malas pasadas cuando se divierte y no puede evitar sacarla y mordérsela. Y esa mirada que se te clava directamente en el clítoris. Consiguiendo, sin pretenderlo… ¿sin?, que tu mente vuele y comiences a imaginar y desear que meta uno de sus largos dedos por debajo de tus braguitas y reviente lo que encuentre a su paso. Da igual el sitio y el momento, porque empiezas a sucumbir a su hechizo. Bru-tal.
Esa hiperactividad combinada con esa perversión que le despertaba conmigo le llevaba a crear planes inesperados cada dos por tres, de lo más creativos y morbosos que yo había escuchado. Me tenía loca.
El último plan que se le ocurrió al rubiales era una cita a tres. Quería que fuera diferente de los básicos tríos en persona. Pretendía que estuviera formado por su pollita y alguna otra de algún buen amante, a mi elección. Alberto y su polla creativa.
Pues ni corta ni perezosa me acordé de alguien que estaría muy interesado en la experiencia. Un hombre maduro, divertido, muy inteligente y muy sensual, que vivía a caballo entre las islas y la península. Unos cuantos polvos bastaron para unirnos como colegas de farra y orgías en otras citas anteriores. “El Comandante” volvía a tener protagonismo en mis fantasías. Aunque esta vez no fueran del todo ideadas por mí.
La idea era ponerles en contacto. No para follar entre ellos. La idea enfermiza de esta vez era hundir sus mentes dentro de mi calor más que sus cuerpos. Eso era más convencional. Y Alberto quería preguntarle al “Comandante” por nuestras experiencias juntos. Se moría por curiosear y se moría por correrse con otro tío siendo él el único que me follase de verdad.
Se ponía cachondo perdido de imaginarme con otro tío, haciendo de todo. Ya me lo comentó la última vez que nos vimos en el Pisito, antes de que llegase “el cabrón” aquel que no debe ser nombrado. Pero esta vez quería experimentar el sentirse el único machito protagonista. En el fondo era muy vicioso y cerdo, con aspecto de angelito travieso. Así caían todas después de follarle.
De rodillas a sus estilizados pies. Incluida yo.
Quedé con Alberto en su casa. Llevé vino tinto y una tablita de quesos para paliar el deseo de mojar el vino en sus labios cada vez que le miraba.
Disimula, Erika, me decía a mí misma cada vez que me quedaba embobada mirándole. Era tan evidente lo que me excitaba que, por favor, resultaba de lo más obscena. Parecía que cada movimiento que hacía era como si estuviera en un ritual de apareamiento conmigo.
Otro cabrón, pensé.
Cuando le vi mirarme de soslayo mientras se mordía el labio.
Pensé: lo sabe de sobra, Erika.
Alberto lo sabe. Sabe de tu deseo, de tus ganas. LO SABE.
Sabe que necesito sentir el contacto de su piel. Creo que huele mis hormonas, mi deseo por él. Es como si fuera uno de esos tigres agazapados, pacientes.
Eso me mojaba viva.
Me ponía tan pornográfica que me hacía incluso dudar de mí. Lo típico de “yo nunca haría…”. Pues con Alberto era incapaz de decirlo. Aunque él no lo sabía aún, yo era incapaz de negarle nada. ¿Qué extraña magia ejercía sobre mí? Me encantaba sentirme su putita deluxe.
El plan era quedar con “El Comandante” en línea, sin cam, para preguntarle mientras yo disfrutaba de los dos poniéndose duros y cachondos por mi culpa y mi soberano coño.
“El Comandante”, por su parte, estaba encantado de que la petición se la hubiera hecho a él. Hacía mucho que no nos veíamos, ya que pasaba muchas horas volando y quedándose en hoteles de los destinos que le tocaban, sin mucho con lo que entretenerse. Le alegramos la noche. Su trabajo de piloto apenas le permitía tener tiempo para conocer a alguien en serio y se cansaba de las citas imprevistas sin nada que ofrecer.
Así que se divertía en orgías y con parejas swingers.
Su look era súper formal con el uniforme y sin él. Le hacía súper apetecible. Tanta responsabilidad en su trabajo lo condicionaba en sus maneras en casi todo. Peinaba alguna cana desde la última vez y, aunque su pelo rebelde y castaño seguía recordando que había sido un surfero de éxito cuando era veinteañero, seguía, a sus cincuenta, dándole un aspecto juvenil. Su foto del perfil en línea no le hacía justicia.
Era cuando se quitaba el uniforme de comandante cuando dejaba su lado más salvaje liberado. Le encantaba montar olas en las playas más peligrosas. Necesitaba la dopamina, ya fuera en aire, tierra… o mar. Y si ya no cabalgaba olas, es fácil saber qué cabalgaba.
El culo de mi “Comandante” merece un capítulo aparte. Tenía un cuerpo muy fibrado, de tez aceitunada, muy española. Sus ojos eran de un increíble color café, que se oscurecía a medida que se excitaba. Y tenía un hoyuelo que se marcaba cuando sonreía, súper sexy. Al contrario que Alberto, no era alto, pero también calzaba muy, muy bien. Ji ji ji.
De imaginarme su polla en algún encuentro vivido aún me pongo cachonda. Jamás nadie ha pegado tan fuerte con una polla a un lavabo como “El Comandante” era capaz de hacer cuando se ponía burrito, tan solo para glorificar su dureza ante mí y su grado de excitación brutal.
Y el juego comenzó. Los Juegos del Hambre, no. Olimpiadas de la lujuria.
Comandante:
—Buenas, Alberto. Un placer, tío.
Alberto:
—Ey, ¿qué pasa? Encantado.
Comandante:
—Dale un beso a la pelirroja. Espero no defraudar sus expectativas. Siempre es demasiado exigente.
Alberto:
—No creo. Está poniendo unos vinos y bailando en la cocina con lo nuevo de Bisbal, pero ahora viene a sentarse aquí. ¿Se te ocurre algo especial de lo que podamos hablar? Algo que sepas tú, que la conoces mejor, para volverla loca.
Comandante:
—Creo que podemos hablar de una tarde en un hotelito en Madrid.
Alberto:
—Perfecto. Ya viene. Cierro y vuelvo a abrir, así no verá nada ;)
Cuando llegué al sofá para disfrutar de las vistas del Edén, reconozco que ya estaba excitadísima.
Alberto llevaba puestos unos pantalones de deporte de esos de algodón súper cómodos que marcan todo si estás cachondo. Y con los que tengo un especial fetiche. Una camiseta azul que hacía juego con sus envolventes ojos. Le hacía parecer un anuncio de Calvin Klein.
Sus manos se deslizaban con elegancia por el teclado, sin parar de mandar mensajes al otro lado sobre cómo estábamos vestidos los dos, qué estábamos escuchando de fondo y sobre si habíamos creado algún ambiente especial en el salón.
Nuestro jinete del aire no paraba de pedir todo tipo de detalles.
Y mientras Alberto iba leyendo al “Comandante” en voz alta, yo iba leyendo a Alberto. Bufff.
Alberto:
—Tío, háblame de la experiencia más extrasensorial que hayas tenido con la pelirroja.
Comandante:
—No sé si la que me apetece contarte es la más extrasensorial, pero sí una de las más morbosas que vivimos juntos y solos. Y creo que ella estará encantada de que la conozcas desde mi punto de vista. Erika, no sonrías, que parece que te veo desde aquí. Si os animáis, podemos poner la cam…
Comandante:
—Todo empezó cuando recibí un mensaje de la pelirroja diciéndome que estaba en Madrid, que si quería tomar unos vinos. Por aquella época era más fácil localizarme libre por las tardes.
Alberto:
—Sigue, sigue.
Comandante:
—Ella estaba en un pequeño hotelito del centro y venía unos días a hacer no sé qué curso. Le propuse una cena para ponernos al día en la terraza del hotel, pero, tío, no quiso. Solo quería follar. Decía que estaba súper estresada de tanta mierda de curso obligatorio del curro y que quería relajarse follando. Accedí sin reparos a vernos. Pero se me ocurrió que, como tenía tantas ganas de follar y yo quería provocarla para ver lo excitada que luego se ponía si le daba tralla mental, quedar como dos desconocidos para follar que se habían encontrado en el hotel por casualidad. LE EMPAPÉ EL COÑO, tío.
Alberto:
—Jajajajaja, no pares, se está poniendo interesante.
De repente empecé a notar que se me secaba la lengua. Mi respiración se estaba entrecortando y empecé a jadear mientras leía. Alberto me miraba absorto. Dejó de escribir.
—¿Quieres algo? —preguntó con voz juguetona, sin parar de morderse el labio.
—¿Además de follarte? —Le miré retadora—. Quiero masturbarme mientras tú le escribes y lees.
—Vale. Pero vamos a poner la cam para que te vea.
—No. Quiero que sea entre nosotros. ¿La cam?
—Si no ponemos la cam, no pienso follarte en toda la noche.
Y de repente sentí una punzada en mis muslos tan intensa que cedí sin pensar en nada más. Joder.
—Eres un grandísimo hijo de puta. Cómo sabes tocarme la fibra.
—La fibra no sé. El coño, muy bien.
Empecé a desnudarme, pero Alberto no me dejó seguir. Puso la cam y, sin avisar al “Comandante” de nada. Iba a flipar.
Me pidió, antes de nada, que empezase a hacerlo como si no supiera que estaba conectada la cam. Y así lo hice.
Empecé a dejar caer la ropa mientras miraba a Alberto. Él me miraba deleitándose mientras se tocaba por encima del pantalón aquel bulto duro que hacía más que evidente que le estaba gustando el espectáculo.
Me dejé el sujetador de encaje negro y me quité las bragas a juego de color rojo sangre. Me parecía excitante sentarme al lado del “Angelito” y jugar a ser la reina del inframundo, tentándole solo a mirar. Al menos de momento. Diosssss, me moría por cabalgarle en ese preciso instante, que sabía que era presa fácil porque no iba a esperárselo. Dudé durante lo que parecieron vidas, pero me contuve y me senté como si no hubiera mala intención ni fuera premeditado. Despropósito.
Mientras “El Comandante” seguía con su relato.
Comandante:
—Quedamos en el hall del hotel. Era un sitio cuanto menos curioso. Parecía sacado de la época de la Belle Époque. Estaba decorado en tonos rojos, con cortinas de terciopelo y reservados en la entrada del bar que le daban un aire fetichista e íntimo por las luces que se colaban en cada reservado de madera y tela.
Si me hubieran dicho que me la encontraría allí, sentada en uno de los taburetes de la barra, me habrían llamado loco. Parecía una jodida aparición del morbo hecho persona. Llevaba el pelo suelto, peinado a un lado, adornado con un pasador cobre a juego con los pendientes largos que hacían que no pudieras dejar de mirar la parte de su cuello desnudo. Solo se atisbaba un lado de sus sensuales facciones. La otra mitad quedaba oculta. Era como mirar a la luna cuando no está llena y solo ver una mitad, y dejar a tu imaginación perversa el resto de la fantasía.
Aquella locura de pelo cobre le caía como una cascada de rizos sobre el cuello, clavícula y hombros. Parecía un velo que ocultaba un pecado.
Le había crecido bastante y estaba más largo desde la última vez que la había visto en el sur.
Iba montada en unas botas negras de piel hasta mitad del muslo, que se dejaban ver si tu atención te daba tregua del espectáculo superior. Era invierno y llevaba una gabardina verde forrada de piel por dentro. El cruce de piernas en aquella banqueta mientras bebía una copa de vino es lo más sexy que he visto nunca. Extrasensorial, Alberto.
Alberto:
—Joder, tío. Me lo acabo de imaginar todo perfectamente.
Comandante:
—Llamé su atención porque me puse a su espalda mientras ella miraba a un punto perdido del fondo del restaurante, como intentando averiguar los diálogos de la gente que ocupaba los reservados. Se sonreía. Parecía estar relajada y divertida consigo misma. Completamente desconectada de la realidad. Hasta que sintió mi mano en su cuello desnudo. Empecé a acariciarla despacio y acerqué mi boca para que pudiera sentir mi aliento. Su respiración cedió a la creación de mi abismo momentáneo.
Yo había comenzado a separar las piernas al sentarme de lado mirando a la pantalla mientras bebía de mi copa y jugaba con el tirante de mi sujetador. Sabía que nuestro piloto no tardaría mucho en decir algo, pero estaba demasiado concentrado en el hotel de aquella tarde invernal, de momento.
Alberto me miraba de reojo y se incomodaba en el asiento mientras se tocaba el hermoso paquete que cada vez pedía más atención.
De un empujón seco apartó el ordenador en la mesa para que no cediera al separarse de él. Y se abalanzó hacia mí con tal ansia que acertó de pleno cuando cayó en mitad de mis piernas abiertas y ya empapadas para lanzarme un lametazo que hizo que me estremeciera de placer. El angelito sin alas me lamió desde el inicio de la boca hasta la barbilla, como si fuera un pionono.
Después deslizó la punta de su lengua por la comisura de mi boca hasta que me hizo abrirla como si estuviera sedienta y él fuera el agua de manantial fresca después de una larga caminata que calmaba mi sed.
Sonreía maliciosamente y me agarró de los tirantes del sujetador, atrayéndome hacia él. Desatando todas esas aplastantes ganas que provocaba en mí con tan solo rozar mi desnuda piel y mirarme.
De repente, un reflejo en la pantalla nos hizo mirar en seco en esa dirección. La pantalla se había encendido y allí estaba nuestro “Comandante” masturbándose.
Sentado en una butaca de una habitación anodina de un hotel cualquiera, con las piernas abiertas de par en par, masturbándose, con cara de animal salido en época de celo mientras sujetaba un micro de unos auriculares. Había estado escribiendo por voz mientras se estaba tocando la polla.
Buff. Y estaba muy, muy duro.
Morbazo, excitación, perversión. Intensa e interesante perspectiva. Lujuria. Sed. Ganas. Ellos. Yo.
Alberto, al ver la escena, con un movimiento de cabeza a modo de saludo, le dio permiso para quedarse a disfrutar de nuestra pequeña guerrilla de poder. Y me embistió al volver a mirarme. Muy duro. Bestial.
Mi mano se había introducido en el pantalón de algodón gris, amasando esa escultural obra maestra hacía rato. Era cual roca, blanco como el mármol de Macael. Exquisito como todo en él. Suave.
En un movimiento rápido conseguí deslizar el dichoso pantalón hacia los tobillos. Con los pies me ayudé a que la fuerza fuera efectiva. Quería darle más libertad. Gruñía a cada embestida mientras se soplaba el flequillo, que comenzaba a chorrear sudor.
Agarrándole del flequillo largo que llevaba despeinado, le convoqué al deseo de mi boca. Voraz.
No tardó en sacar su polla ante mi estupefacción, poniéndose de pie al lado del sofá. Yo trataba de enfocarla porque la quería de nuevo contra mis contracciones, dentro de mí.
Mis labios estaban hinchados, deseosos de más roce. Le esperaban, le imploraban, ardiendo de placer.
Fue la mejor embestida que me han hecho en la boca, en un sofá. Tomó entre sus manos mi cara. Me acarició los labios con su dedo índice mientras arrastraba el labio para abrirme la boca. En la vida nadie ha sido tan sutil para pedirme una mamada a voces. Del tirón me arrancó un orgasmo cuando sentí su capullo en mi lengua.
No tardó apenas en correrse después de verme a mí temblar por mi orgasmo.
A día de hoy me provoca escalofríos de placer recordar toda la escena, cada caricia, cada gota de sudor derramada y cada espasmo suyo y de la webcam al intentar hacer conexión.
Erika Moore
No es para todos. Nunca lo fue.
El acceso no se solicita.Se concede.
by invitation only
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