Erika Moore - Acceso solo por invitación
Comencé el juego con el dedo gordo de tu mano derecha porque eras diestro y yo quería ponértelo difícil, lo más complicado posible, para que no te pudieras dar placer. Era una deliciosa forma de torturarte. Deliciosa para mí. Y sé que también lo estaba siendo para ti.
Aun así empezaste a frotarte con la izquierda por encima del pantalón vaquero. ¡Qué morbazo era verte así! Ya era notable el bulto de tu entrepierna hinchado en la bragueta esperando, impaciente, aguardando. Como un niño cuando espera ser elegido para jugar en el recreo.
Tu cremallera, la condenada, se te estaba resistiendo. Era divertido verte muerto de la excitación peleándote con ella.
Mientras yo te miraba ladeando la cabeza en movimientos involuntarios de lado a lado como si sirviera para apreciar mejor lo que parecía ser tu guerra particular.
Tu cara tenía una expresión entre la curiosidad y el deleite que era potentemente adictiva mientras me veías recorrer la punta de tu dedo con mi lengua, estupefacto.
Pero debí matarte cuando inicié lo que parecía un delicado ritual astral.
Introduje en mi boquita tu dedo meñique lentamente sujetado por una de mis manos como si fuera una piruleta de esas que tanto me gustaban y me gustan con forma de corazón y que saben a fresa ácida.
Exagerar cada lametón fue sin duda mi parte preferida. Mi otra mano te agarró del pelo en ese momento para obligarte a mirarme a los ojos y que dejaras de mirar mi boca.
Mi demonio te estaba invitando a entrar en mi infierno y quería que no te perdieras nada en el camino. Mis ojos se veían reflejados en el espejo que tenías a la espalda. Mi mirada era turbia, oscura y salvaje. Apenas me reconocí.
Y yo lo hacía con tal placer y tal teatro que te volví loco. Era tan placentero observarte. De lo más embriagador y a la vez incluso dramático. Como una escena operística.
Nuestra excitación se palpaba incrementada indiscutiblemente al vislumbrarnos en el espejo. Fue tal el efecto dominó que ya estaba empapada y tú muerto.
Mi instinto perfeccionista me hacía esforzarme más y más en complacerte así que más empeño le ponía en cada detalle. El movimiento de mis manos como si danzaran. Mis ojos con la mirada llena de lujuria. Mi boca entreabierta. Mi lengua saliendo y entrando.
Nada planeado pero todo conjugado.
Declinar verbos de placer contigo parecía ser mi vicio perfecto.
Por aparentar calma en aquella espiral de pasión contenida te hice sufrir aunque al principio no era adrede lo juro terminó siéndolo mucho y muy adrede.
¡Pero qué placer me hizo sentir!
Quizá por eso me cuesta reconocer que fue tan intencionado porque confirmó que tener el control de la situación bajo mi poder y sobre todo tenerte controlado a ti en esa situación me producía casi tanta satisfacción y excitación como pensar en el mejor de los orgasmos que podías provocarme con esa lengua tuya.
A ver, el sufrimiento era nimio. Tener tu polla encerrada en esos vaqueros deseando salir a disfrutar no era sufrir. Para ti en ese momento era agonizar. Pero poco duró. No pudiste aguantar mucho con aquella situación y la liberaste en cuanto tuviste oportunidad jugando con mi despiste al mirarme en el espejo otra vez. Me provocaba contemplarme tan excitada contigo junto a ti. Así se nos vería desde fuera pensé como la pareja interminable.
Era tan delicioso mirarte mientras jugaba con el segundo dedo que no paré de hacerlo con cada uno de ellos. Y eran 10.
Con mucha ceremonia introducía en mi boca cada uno hasta el final con delicadeza como si fueran a deshacerse al contacto con mi saliva. Y lo llevaba te llevaba al agónico final del recorrido con ticket de vuelta. Porque lo mejor no era cómo empezaba el ritual sino cómo terminaba con cada dedo. Tu desesperación era tan evidente que se acentuaba con cada uno.
No sé si estabas deseando que llegara el momento de que tu dedo tocara fondo contra mi boca o de que empezara con el siguiente. Tu gozo era tan evidente que conseguía mantenerme superexcitada.
Los sacaba de dentro de mí como si fueran masa de pan hecha horneada ya gracias a mi lengua ardiente despidiéndose y procurando ese furor y esa humedad entre ambos.
Mis dientes también jugaban y se lanzaban al vacío y sin red pero hacia el dorso de tus manos. Gemías con cada mordisquito y yo notaba un relámpago cruzando mi clítoris. Mi labio inferior se deslizaba por tu mano cuando la apartabas por el dolor y mi saliva caía en tu piel mojándola levemente. Tú lucías en tu mirada el más alto nivel de morbo terrenal y me recordaba lo básico y complejo del instinto humano. Lo básico y lo complejo que es todo. Lo sencillo o difícil que lo hacemos nosotros. Otra vez la puta dualidad.
En mi cabeza recreo esa escena más de lo que me gustaría sobre todo porque aparece justo cuando no estoy sola.
Todo hombre con el que quiero olvidarte no hace más que acentuar que no estás. Y que por muy guapo, divertido o sexual que sea no son tú.
Nunca nadie ocupará tu lugar. Tu vacío cómo pesa, cómo duele.
A Paco lo conocí en el colegio. Era el típico tío macizo por el que todas suspirábamos.
Manteníamos el contacto por una red profesional pero me avisó cuando bajó al Sur a pasar unos días por trabajo y placer. Echaba de menos los viejos tiempos y me escribió.
Y claro que quedamos. Me ponía malísima desde hacía años. Y sabía que se había divorciado hacía poco por el chat de compañeros de clase que aún conservábamos. Y yo necesitaba desconectar de ti una vez más.
Quedamos en una de las terrazas de moda de la ciudad que coincidía con ser la terraza del hotel donde se alojaba casualmente.
Cuando llegué le localicé enseguida. Destacaba entre todos los presentes. Llevaba un impoluto traje gris marengo. Tenía la chaqueta doblada en el brazo y estaba en mangas de camisa. Llevaba las mangas recogidas y una de ellas dejaba ver el tatuaje del lobo que llevaba en la cara interior del brazo. Era un traje de verano pero traje al fin y al cabo. Le daba un aire distinguido. Sobre todo cuando la mayoría de los presentes íbamos mucho más informales y veraniegos. El tiempo lo exigía pero él al venir de la capital no estaba familiarizado con los estándares del afterworking de la costa.
Le vi de espaldas a la puerta observando la preciosa y espectacular puesta de sol que teníamos desde aquella vista con una copa de balón en la mano izquierda mientras con la derecha fumaba un cigarrillo.
—¡Aquí no se puede fumar, caballero! —debió sonar divertido cuando me escuchó porque al girarse para ver de dónde venía la voz sonreía pícaro.
—¡Pelirroja! —exclamó soltando y lanzando el cigarrillo al vacío de la calle con un movimiento de dedos muy a lo Humphrey Bogart, muy chulo.
—¡Pero qué haces desgraciao! ¡Le vas a quemar el pelo a alguien! ¡¡Salvaje!! —le grité guasona mientras le guiñaba un ojo a lo Bacall.
—Já, já, já. Quiero quemar otras cosas con mucha más intensidad —se carcajeó mientras me miraba la boca y se relamía.
Y ya empezamos con las lamidas y relamidas.
—¿Cómo estás, cabrón? ¡No pasan los años por ti! —le piropeé.
—Srta. Moore, como siempre usted tan educada y dulce. Ojalá que los años no pesaran pero lo cierto es que el estrés del curro y de las mellizas han causado estragos en mí. Ya no soy quien era cuando salíamos por Malasaña hasta el amanecer.
—Ha llovido muchísimo sí que es verdad pero estás genial nene.
—No, preciosa. Tú sí que estás espectacular, muy cañón, más que en mis mejores fantasías.
—¿Pero desde cuándo fantaseas conmigo? —ojiplática.
Con un dedo en la boca me calló.
Una de sus potentes manos de repente cogió la mía y se la llevó a los labios que rezumaban gotitas en ellos del gin tonic que estaba bebiendo. La besó humedeciéndola muy morbosamente mientras me miraba fijamente a los ojos y dejaba la copa reposar en la mesa alta que tenía al lado.
Mientras con la otra me había acercado hasta él al arrastrarme por mi cintura a ese exclusivo espacio que deja de ser público para convertirse en privado cuando los centímetros se hacen cada vez más cortos entre dos cuerpos.
Inclinó sus labios hacia mi cuello y me besó en la yugular que palpitaba más aún cuando su fragancia me invadió el pecho con tanta intensidad que sus labios parecían haberme marcado debajo del lóbulo de la oreja al terminar.
Consiguió con ese simple gesto hacer que apretara mis muslos entre sí. Y que se dilataran mis pupilas. Poder. Siempre había tenido poder sobre mí. Y lo sabía.
Me estaba faltando el aire así que comencé a abanicarme con la mano. Gesto que él interpretó y usó para colocarme delante del borde de la azotea mirando al mar. La brisa me daba en la cara y de paso me susurraba que era pecado perderse contemplar esa puesta de sol tan afrodisíaca que teníamos entera para nosotros aprovechando el muy cabrón para pegarse a mi cuerpo por detrás.
Me enculó con tanta delicadeza que no parecía a simple vista nada fuera de lugar. Claro nadie sentía su dureza como yo a través de ese vestido veraniego de gasa roja que entre las pecas y el color leche de mi piel hacían oscurecer el tono mucho más con la incidencia de los últimos rayos del sol en él. Y tornaba a rojo sangre.
Poco a poco comenzó a subirme el vestido por el muslo con un juego de dedos. Parecía estar tocando alguna melodía sorda.
Con cada acortamiento se frotaba más y empujaba más. Mi pecho sobresalía por encima del borde y su polla contra mi culo marcaba el camino que quería seguir.
Sentía su respiración en mi espalda. Cada bocanada de aire que tomaba era en mi nuca. Mi vello se erizaba con cada suspiro y la ligera brisa del mar llegaba como un descanso para mis sentidos y una liberación para poder jadear a gusto.
—Nunca sabe uno lo que se está perdiendo hasta que no lo prueba —como una petición velada me susurró aquello.
Su voz se me había clavado en el clítoris como un puñal. Esa voz grave, varonil junto con su brazo rodeándome la cintura y pegándome más y más a él apresándome con fuerza mientras su otra mano ya tocaba mi piel, mi muslo. Ardía al roce. Había conseguido que por ambos lados de su garra colgasen los restos de lo que parecía un arapo desgarrado por una bestia salvaje. Mi vestido jugaba en ese color sangre como una herida que brotaba sin contemplaciones mi jugo vital.
El lobo y Caperucita sería el cuento a protagonizar por ambos.
Su lengua se deslizó suavemente por mi hombro derecho tapado por un tirante fino que bordeaba mi clavícula. Mientras me lamía soplaba y mi piel se erizaba. Parecía bailar una melodía al dejar su lengua libre por mi tibia envoltura. Su cuerpo era grande y me aprisionaba con rudeza.
Su manaza invadía la costura de mis bragas la despegaba sin contemplación y con habilidad mientras introducía el dedo índice entre mis labios jugosos y juguetones. Se sentía poderoso.
Su boca me mordía. A bocados me iba haciendo suya. A bocados me robaba la compostura. A bocados me provocaba.
Mis ganas de morderle eran bestiales, salvajes, animales. Empecé a gruñir como si la bestia fuera yo. La historia nunca habría sido la misma si quien la hubiera contado no hubiera sido la presa. ¿Entonces quién era yo?
Me volví ferozmente hacia él le empujé le miré le aparté de mí y comencé a caminar hacia el ascensor.
Llegué al ascensor presioné el botón y no había rastro de su presencia.
No me atrevía a mirar atrás. No me atrevía a moverme. Estaba congelada. ¿Y ese arrebato? ¿Erika qué haces?
Los segundos se dilataban esperando a que llegara el dichoso ascensor. Mi paciencia caía al vacío. El movimiento rítmico de mis dedos sobre el panel de la pared donde estaban los botones de llamada me delataba.
—Disculpe, señorita —oí a alguien que decía detrás de mí.
—Perdone, el ascensor se ha averiado. Me temo que tendrá que disponer de las escaleras de atrás —me aclaró una joven voz masculina.
En ese momento me giré atontada por la información y la saturación de sangre en algún sitio que no era cerebral. Me cagué en todo y me dirigí con paso firme hacia la puta escalera. Iba en tacones. En unos pedazos de tacones rojos.
¿Y Paco? Ni rastro. Giré sobre mis sandalias escandalosamente altas una vez más hasta dar con la indicación en la pared de la salida de emergencia y me fui directa a la puerta de acceso indicada.
Nada más empujar la gruesa puerta antiincendios me encontré con la mirada de Paco expectante, retadora, provocativa y juguetona.
Era un hombre corpulento de 1,80 con un corte de pelo clásico peinado con raya al lado, sin canas y de un castaño claro. No aparentaba su edad. De espalda, pecho y cuello anchos, proporcionado, parecía haber sido tallado a base de deporte de contacto. Su cuerpo ciertamente había sido fortalecido por haber practicado durante años fútbol americano durante la universidad. Era un toro. Aunque tenía algo de sobrepeso contaba con un físico poderoso. Sus manos eran enormes como sus ojos color miel. En cambio tenía una boca pequeña dibujada bajo una perilla incipiente. Su mandíbula era angulosa y tenía antojados algún que otro lunar que estratégicamente dispuestos le conferían un aire muy sexy.
Y allí estaba mirándome parecía querer embestirme recién salido de rediles apoyado sobre la barandilla que era la que daba comienzo al descenso. Pero no se movió. Me escrutaba minuciosamente.
Levantó el dedo índice de su mano derecha hacia mí dobló el codo y giró el dedo apuntándose hacia sí mismo con el movimiento de vaivén que me indicaba que quería que me acercara hacia él. Obedecí. Ni una palabra. Humedad, calor, silencio entre nosotros. Murmullos lejanos confundidos con música comercial. Ruidos de carros con vajillas. Conversaciones al aire del personal del hotel quejándose de la cantidad de trabajo en temporada alta. Mucho personal. Y nosotros solos en la escalera por donde todo el mundo que quisiera subir o bajar tenía que pasar. Sí o sí.
Al estar frente a frente me lancé a su boca. No pude más. Estaba cansada de contenerme. No podía más con la excitación que llevaba acumulando desde el principio al verle tan guapo esperándome.
Me la devoró. Me la violó con un consentimiento de ganas acumuladas. Nuestras lenguas no se daban tregua ni nuestras manos tampoco. Las mías fueron directas a su bragueta bajándola y acercándose peligrosamente al delirio duro que clamaba mi atención. Sus manos agarraron primero mis pechos sobre el vestido y con los dedos índice y corazón apresionó mis pezones uno con cada mano comenzando a marcarse bajo el fino sujetador de encaje que llevaba para la ocasión. Comenzó así a provocarlos para mí. Pero no por demasiado tiempo lo justo para hacerme desear que continuara cuando paró y los dejó huérfanos y se apoderó de mi culo. Ambas garras fueron directas a por ambos cachetes sin soltarlos arremangado el trapo que los cubría me sujetó y me los apretó hasta obligarme a gemir.
El ruido de la puerta nos petrificó pero no me soltó. Mis manos se quedarán sin riego. La polla de Paco estaba fuera del pantalón durísimo y afilada. Mi cuerpo tapaba la diversión. En cambio mi culo quedó expuesto como si estuviera haciendo un anuncio de bragas.
Tan pronto como la puerta se abrió se volvió a cerrar de un portazo.
En ese momento Paco me alzó sobre el hombro y me cargó como si no pesara nada comenzando a descender por los peldaños de la escalera.
Erika Moore
No es para todos. Nunca lo fue.
El acceso no se solicita.Se concede.
by invitation only
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