Erika Moore - Acceso solo por invitación
Aquella noche en el Festival de Verano en esa playa de Almería no se podrá borrar nunca de mis recuerdos más tórridos. Aquella noria, la arena por todos los rincones de mi cuerpo, el sabor del mar en el ambiente, mi lengua con rastros de alcohol barato, mi cabeza abombada de música electrónica y la primera vez que te vi.
La idea de ir al festival Dreambeach en la playa de Palomares fue tan improvisada que no llevé nada en una mochila por si acaso. Por si acaso conocía a alguien como tú con el que tener un apasionado romance. Fue lo más impresionante que he visto en conciertos. La organización era espectacular, el ambientazo, el calor. Pero lo mejor de todo era sin duda la ubicación. Esa playa.
La noche no pudo comenzar peor, así que solo podía mejorar. No fue buena idea llevarme aquellos zapatos, así que solo pude ir descalza. Al menos era de noche y el suelo no ardía como a la luz del sol. Era una locura, pero mis pies estaban llenos de heridas nada más comenzar la velada. Habíamos dejado el coche a tomar viento de donde era el concierto y al ir andando tantísimo rato las rozaduras no habían hecho sino empeorar. Aunque la música ya se oía y me animaba a seguir, junto con las risas que llevábamos a cuestas, se hacía más soportable. Mike Williams era uno de mis favoritos y solo me apetecía desfasar, bailar hasta morir, beber y olvidarme de aquella situación que me había llevado hasta el Sur. Y sin saberlo, hasta ti. La primera sorpresa de la noche me la llevé al llegar a la entrada del recinto. Alguien, bendito sea, había tenido la brillantísima idea de poner un puesto de venta de zapatillas, chanclas, ropa de playa y sudaderas, todo marca del festival. ¡Me alegraron la noche de un plumazo! Mis pies acababan de ser salvados por el dreamteam.
Erika llevaba unas chanclas que, como Dorothy con sus brillantes y bonitos zapatos rojos en El Mago de Oz, iban a llevarla de vuelta a su hogar. Y su hogar sin duda alguna sería el final perfecto de su historia en el sur, sin ella saberlo, todavía.
Te vi la primera vez apoyado en el bar improvisado. Parecías bastante disgustado y me hizo gracia identificar tu cara con la expresión que seguramente tendría yo nada más entrar en el recinto y ver que aquello era una puta locura de gente. Podría haber más de 14.000 personas, cañones de CO2, llamaradas de fuego frío y muchísima pirotecnia. Jamás hubiera imaginado un festival así. Y obviamente no iba preparada, joder. Y entonces te vi. Destacabas entre todos los tíos que estaban en mi campo de visión en ese momento.
Tu mirada se cruzó con la mía. Te incorporaste, corregiste la postura y te estiraste como si fueras un pavo real en cortejo, mostrándome todas y cada una de tus preciosas, relucientes y brillantes plumas. Ahí pude percatarme de lo altísimo que eras, al menos comparado conmigo a ras de suelo. Me gustó que me sonrieras cuando te devolví la mirada. Te miré como hipnotizada. Esa sonrisa de medio lado abrió mi entrepierna. Y tú pareciste notarlo a metros de distancia. Por encima del barullo de gente que nos separaba no dejabas de mirarme mientras yo disimulaba que no había dado cuenta de la escena, interviniendo en las conversaciones de mis acompañantes sin prestarles la más mínima atención. Solo con alguna risa tonta, más nerviosa por ti que por el chiste del momento. Todo había pasado a un segundo plano desde que tus ojos y esa mirada provocadora tuya devorándome se había posado en mí de manera tan descarada.
Vestías una camisa vaquera azul que te habías remangado por los codos. La llevabas abierta y dejabas ver parte de tu pecho. Un colgante sobresalía con un cordón negro y algo de madera e ibas con unos pantalones vaqueros negros cortos por la rodilla. Me fijé porque tú también tenías una herida de guerra, aunque la tuya era más grande y parecía reciente.
En el escenario daban paso a uno de los internacionales más populares y mi cuerpo empezó a vibrar y a moverse solo al ritmo de "Not So Bad" de Yves V. Se mecía lento y sensualmente mirando de reojo a aquel bar buscándote. Ya me habían puesto una copa en la mano. Y cuando me giré para ver quién había sido mi proveedor expréss y de paso ver si conseguía darte contigo en la lejanía, fruto de la imperiosa curiosidad el giro sobre mí misma fue demasiado rápido. De la impresión cedió mi peso hacia delante y sin querer empujé aquel pecho con el que me encontré de frente. Puse la mano libre para no caerme de bruces e hice presión. Al mismo tiempo me balanceé hacia atrás. Unas manos me sujetaron de las caderas para evitar el rebote y que no perdiera el equilibrio del todo. En ese momento reconocí esa camisa abierta. Mi mirada subió por tu pecho, apenas sin vello y dorado, que hacía de red a aquel colgante con un objeto artesanal de madera que no conseguí descifrar. Según mi mirada iba subiendo me tropecé con una boca carnosa y entreabierta y unos ojos que me barrían la cara como un escáner. En mi mano reposaba aquel vaso con más líquido que hielo y una sonrisa amplia dominaba mi horizonte.
—¿Todo bien? —preguntó una voz varonil con un ligero acento almeriense que había arrastrado la "e" del final para incidir en la preocupación.
Y ahí fue cuando mi mundo cobró sentido.
Esa frase sonó con tanta dulzura y tan sincera, aliñada con esa cara tan endiabladamente provocadora, con ese tono de preocupación tan tierno, que lo único que cruzó mi mente en ese momento fue que quería que fueras tú el que se preocupara de mí y por mí siempre. Flechazo en toda regla.
—Todo bien, gracias —conseguí articular entre risas nerviosas.
—No quería asustarte. Perdona.
—Asustarme no. Sorprenderme sí. La verdad es que te esperaba a unos cuantos metros más alejado de mí.
—¿Y si se adelanta alguien a pedirte matrimonio? Mi vida ya no tendría sentido. —Y sonrió de tal manera al decirlo que me temblaron las piernas de nuevo. Y esta vez no era fruto de mi torpeza. Le hubiera contestado en ese momento que ya era suya, para una noche loca de sexo descontrolado o para una vida de complicidad y lujurias cumplidas.
—¿No vas a decir que sí? Me estoy empezando a preocupar. Te tengo que proveer de más alcohol. Já, já, já. —Esa risa me terminó de matar la única neurona decente y cabal que me quedaba.
—Podríamos empezar por presentarnos antes. ¿Te llamas?
—Si no te importa de momento seré tu incógnita del Dreambeach. Le vamos a dar algo de vidilla a lo común siendo algo extraordinario. ¿Qué dices? ¿Te gusta el juego de la noche de hoy? Porque espero que te guste jugar.
—Me gusta jugar, sobre todo si tengo un contrincante de nivel. Pero debes saber que yo siempre juego a ganar.
—Interesante. Nada de preguntas comunes y aburridas —dijo con una ceja levantada y con una sonrisa malévola.
Madre mía, madre mía. Erika, respira.
Ese fue el principio de mi fin. De bruces me estampé con el tío más sexy y misterioso que había visto en mi vida. Y obviamente me lo quería follar cuanto antes.
La noche transcurrió entre vasos llenos y vacíos, jugueteos varios almidonados con tonteo del bueno. Y mucha hormona suelta.
Se acercaba lo suficiente como para olerle el licor que estaba en su paladar, pero midiendo la distancia para que me quedara con ganas de más. Moría por besarle. Quería que su lengua atravesara mi boca con ímpetu y con ardor, sin clemencia. Sus manos me encantaban. Habían rozado las mías como pidiendo perdón toda la noche. Sin querer.
Las horas fueron minutos bailando y dejando fluir. Era divertido, encantador. Me susurraba guarrerías al oído muy ardientes que me ponían muy cachonda porque apenas había roce entre nosotros aunque se palpaba la química en el ambiente. Rodeados de muchísima gente pero a la vez sintiendo que estábamos completamente solos. Los dos solos en nuestro microcosmos. El gran hijo de puta estaba consiguiendo que mis ganas de follarme lo fueran impresionantemente poderosas con el jueguecito de sí pero no. Y él lo sabía.
Mi corazón se desbocó al sentir las yemas de sus dedos en mi piel cuando una de las veces que se acercó para comentar el DJ del momento me metió la mano por debajo de la camiseta de tirantes que llevaba esa noche. Fue cuando retiró la mano cuando sentí como si me hubieran marcado como a una res. Ese calor, esa marca en mí, esa manera de mirarme como si nada me estaba consiguiendo derretir con una precisión digna de un gran jugador de ajedrez.
Mientras escuchábamos el concierto de aquella noche estuvimos inmersos en un huracán de sensaciones desbocadas. No recuerdo una noche igual, llena de excitación y deleite. Éramos como dos niños tirando de una cuerda cada vez más tensa, muy tensa. Nos encantaba rozarnos y ese olor a mar que llegaba en oleadas hacía de la noche un vaivén de sentidos por explotar. Cada vez que uno de los sentidos parecía caer rendido era despertado de manera abrupta y así uno tras otro, todos y cada uno de los cinco se veían condenados en una tormenta de sensaciones exquisitamente placenteras.
Sentir sus manos, grandes y suaves a toques candentes sobre mi fría piel. Su mirada inquieta se deslizaba por cada poro mío. Su cadera pegada cada vez más a mi culo y mi culo que no dejaba de restregarse al ritmo que escuchaba desde la platea. Cada vez que sentía su tacto detrás parecíamos estar en la misma zona imantada sin poder evitar acercarnos, tocarnos, olernos. Dos galaxias a segundos de colisionar en una permanente espiral de morbo. Hasta que llegó ese lametazo en el cuello que consiguió erizar toda mi piel en décimas de segundos. Completamente inesperado y sin contemplaciones se acercó como si fuera a decir algo como otras veces durante la noche. Pero esta vez acercó su boca tanto a mi piel que noté ese indescriptible calor que emanaba de su portentosa y exuberante boca. Y esa húmedad. Esa húmedad que me llegó hasta los muslos. Ese contacto estaba marcando una senda de lujuria y la hizo recorrer por toda mi yugular. Y a la vez que lo hacía mis muslos se abrían como las puertas al cielo, invitando a pasar hasta el fondo. Tuve que apretarlos cuando me di cuenta de que empezaba a chorrear de lo excitada que estaba. Quizá no era tanto cielo y era más infierno.
Al intentar apartarme para parar esa situación que no controlaba y que en cualquier momento podría volverse en mi contra noté una mano pegada a un potente brazo que por debajo de mi pecho me agarraba todo el abdomen y me atraía más, si era posible, hacia él.
—¿A dónde te crees que vas? No te he dado permiso para que te apartes de mí, pelirroja.
Y cuando me giré para mirar a esos ojos profundos de color intenso por el alcohol y las luces de fondo me ví perdida y desorientada. El alcohol estaba haciendo de las suyas y mi cuerpo ya no aguantaba mucho más. Necesitaba un respiro de la gente, del ambiente y del subidón.
—¿Podemos ir a algún sitio más tranquilo? No me siento muy bien —le dije ya mareada.
No dijo nada. Simplemente me cogió de la mano y fue apartando a la multitud mientras salíamos del recinto con destino desconocido. Y la verdad es que me daba igual dónde ir siempre que fuera con él. Confiaba en ese tío. Intuición.
Me llevó lejos de la entrada pero en la misma zona donde estaba el concierto. Se seguían oyendo de fondo la electrónica y el ambientazo que se respiraba en el festival más importante de electrónica en España.
Habíamos rodeado el recinto y estábamos en la playa.
Me quité las chanclas apoyada en lo que parecía un muro de piedras que daba paso a la arena de la maravillosa playa que tenía delante. Ya con las chanclas en la mano y con los pies calmados por la suavidad de la arena busqué aquel cuerpazo que me había hecho de guardaespaldas hasta llegar allí. Y que en ese momento vislumbré con el reflejo de la luna en la orilla.
Cuando llegué a su vera y todavía algo mareada busqué su mano sin dejar de mirar el espectacular horizonte que teníamos y entrelacé mis dedos con los suyos. Tiré de él hacia abajo. Y con la otra mano me ayudé tirando de su brazo aún más para hacerle descender esos centímetros que nos separaban para fácilmente besar su mejilla y darle las gracias.
—Gracias por traerme aquí.
—Por nada, mujer. Mi madre no me perdonaría que no tratase a una dama como se merece. ¿Estás algo mejor? Nos podemos sentar en aquella zona. —Y lo dijo señalando unas casetas que había a modo de vestuario dispuestas en hilera donde habían dejado unas cuantas tumbonas sin recoger.
—Perfecto —contesté convencida. Mis pies se lo iban a agradecer eternamente y mi coñito también, o eso deseaba yo.
Fue el primero en sentarse en una de ellas después de haber acomodado el respaldo. A horcajadas lo hizo invitándome a sentarme entre sus piernas con unas palmaditas en la tela que quedaba entre ambas torneadas piernas.
Me senté con las piernas subidas encima de la tumbona, flexionadas hacia mi vientre, porque empezaba a sentir el frescor de estar tan próximos a la orilla. Y la postura de ovillo me daba algo de calor. Sentí otro tipo de calor cuando por detrás me abrazaron envolviendo mi cuerpo sin esfuerzo con los brazos mientras notaba cómo me olisqueaba el pelo. Noté el calor de su polla dura presionando mi espalda. Con la nariz se metió entre mi pelo y llegó a mi punto débil, la panacea. Mi cuello era carne de cañón.
Su boca comenzó a recorrer mi nuca despacio, pero con muchos besitos disparados indiscriminadamente por mi salada piel mientras jadeaba con cada beso. Sus manos seguían envolviendo mi cuerpo y mi piel estaba de gallina con tanta multitud de emociones.
Mi cuello se movía de lado a lado relajado para recibirle. Mi pelo le jugaba malas pasadas y se vio obligado a soltar una de sus manos para retirarlo. La brisa marina no ayudaba mucho. Una vez con el escenario despejado su boca me daba calor con cada expiración y acto seguido me lamía para hacer del contraste un constante placer. La mano que estaba en mi abdomen comenzó a deslizarse por mi piel con dirección a mi pecho. Su mano izquierda en mi pecho derecho. Con la yema de los dedos hacía círculos en mi areola incidiendo con el principio de la uña del dedo índice. Entre el dedo índice y el corazón consiguió apresar mi pezón que estaba de lo más participativo. Y empezó a frotarlo con el dedo gordo. Qué rico, qué divino fue su contacto con el mío.
Sus dedos en ese momento tiraron de mi pelo con fuerza pero suavemente inclinando mi cabeza hacia atrás. Buscaba mi boca que, soltando mi pelo, dibujó con sus dedos mis labios separando el inferior y metiéndose dentro con dos de ellos —otra vez el índice y el corazón—. Los sacaba y metía mientras no dejaba de mirarse hacerlo. Parecía hipnotizado por aquella especie de tango.
Si su mano derecha estaba en mi boca la izquierda dejó mi pecho para introducirse por la costura del pantalón. Al no ceder lo que él esperaba desabrochó el botón con destreza y bajó la cremallera con avidez. Mis labios palpitaban, abultados. Ya estaba muy mojada de toda la noche esperando, aguantando, deseando e implorando porque se introdujera en mí, pero en silencio.
Había mucho ruido de repente. Grupos de amigos rondaban cerca y nos jaleaban de lejos. Nos dio más morbo aún y fue mutuo porque su mano bajó curiosa y desesperada por mi vientre. Apartó la braguita con el dedo índice y metió el corazón empapándose y recorriendo los pliegues que conforman mi vulva. Lo hacía con tanta delicadeza que era tal el placer que me recorría que estaba desesperada por correrme. De una embestida su dedo corazón taladró mi vagina. Primero despacio, provocando mis gemidos. Y después cada vez más deprisa. Añadió el dedo índice y el anular. Mis piernas no cedían más por los vaqueros y mi desesperación era tal que no dudé en quitármelos allí mismo. Él me seguía follando la boca con la otra mano cuando mis manos —que hasta entonces habían sido presa de un conjuro y se habían quedado apretando sus muslos— salieron de la ensoñación y presionaron la mano que estaba dentro de mí intentando apartarla. Desesperada estaba yo por darme la vuelta y destrozarle la boca. Necesitaba con urgencia besarle, pero no quería soltarme. Haciendo presión con la palma de su enorme mano hacia abajo me mantenía inmóvil en la tumbona a su merced. Como no podía moverme y él ya estaba otra vez dentro de mí opté por dejarme llevar y disfrutar en vez de intentar controlar la situación, aunque me vengaría.
Me empecé a tocar los pechos con las manos. Bajé primero el tirante derecho por mi hombro desnudo con la mano contraria y dejé mi sujetador al descubierto. Era de encaje y no recogía todo el pecho. Había una parte que sobresalía como si quisiera asomarse a un balcón. Así que fue muy fácil sacarlo y acomodarlo por fuera con total sensación de libertad. Una vez fuera la mano que estaba en mi boca inmediatamente bajó hasta el pezón liberado para apretarlo y endurecerlo aún más.
—Mírame.
—En cuanto me dejes darme la vuelta para comerte la boca.
—Ni lo pienses. No te voy a dejar moverte hasta que no me regales un grandioso orgasmo, así que tú misma.
—Te o-d-i-o —repliqué remarcando cada letra al decirlo, muerta de excitación.
Sentir su polla contra mi espalda cada vez más dura no ayudaba a no querer darme la vuelta y reventársela. ¿Se podría estar más excitada? No.
Mis jadeos eran cada vez más acelerados y su respiración era más agónica como si él estuviera también a punto de correrse.
—Correte para mí, nena.
—No quiero. No me gusta que me ordenen nada. Me correré cuando yo quiera, listillo. ¿No te gustaba jugar? Bienvenido ahora a mi juego, ne-ne.
—¿Con que esas tenemos? Já, já, já. La verdad es que eso no me lo esperaba. Pensé que estarías a punto por cómo estás de empapada y cómo tienes el clítoris a reventar.
—Yo controlo a mi clítoris y no al revés. —Me incorporé y giré mi cabeza para mirarle.
—Eso no te lo crees ni tú, pero para asegurarnos voy a dejar mi mano un poco más donde está. —Y se relamió.
—Cabrón —articulé con falta de aire. Y sonrió con esa sonrisa que reconocí de cuando hablamos por primera vez. Malévola y picante, como sabiendo más que yo.
Su expresión se había tornado más oscura. Sus ojos brillaban en la oscuridad y me daba más y más morbo llevarle la contraria.
Su mano siguió con ritmo frenético. Estaba dispuesto a seguir hasta que me corriera y no tenía pinta de que fuera a parar. Así que me relajé, me abrí de par en par y le dejé hacer. Su boca invadió mi pezón. Con ayuda de su mano me sujetaba el pecho derecho mientras succionaba, lamía y mordía. Me corrí desesperada con un grito ahogado, casi sin voz, con la garganta completamente seca y con una falta de aire en los pulmones considerable. Para mi sorpresa él también se corrió. ¿Se pueden correr los tíos sin tocarse? Primera noticia.
Y con nuestra corrida conjunta llegó el amanecer a esa playa de Almería. Aquel día inolvidable de aquel verano. No sería la última vez que nos correríamos juntos.
Fueron los mejores días de aquel verano. Pasamos dos días juntos sin parar de besarnos, tocarnos y follarnos en cualquier rincón. Desde su coche hasta el acantilado más espectacular al que me llevó. Me compré un biquini en uno de los muchos puestos de playa que había por el paseo marítimo. Y fuimos a nadar. Tuvo la paciencia de enseñarme uno de sus hobbies: el kitesurf. Estuvo dedicado en cuerpo y alma durante un buen rato a explicarme el cómo y el porqué de cada engranaje que se usaba, cómo se practicaba aquel deporte tan popular en las zonas de viento. Al verle tan emocionado haciéndome partícipe opté por aventurarme a intentarlo. Sus carcajadas fueron lo mejor del día junto con sus corridas.
Por la noche terminamos follando en la noria del festival con miles de testigos y llenos de lujuria. No podíamos quitarnos las manos de encima, no queríamos. Nos despedimos sin saber nuestros nombres o a qué nos dedicábamos entre diario. Como dijo él, si teníamos que volver a vernos sería cosa del destino, o de su agonía por volver a estar entre mis muslos.
El festival Dreambeach fue lo más electrizante de mi puta vida. Hasta que le volví a ver.
Erika Moore
No es para todos. Nunca lo fue.
El acceso no se solicita.Se concede.
by invitation only
Acceso: info@erikamoore.es
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