Erika Moore - Acceso solo por invitación

Era el típico hombre varonil, muy atractivo y muy sexy. Que demonios, guapo a rabiar. Alguien que te mira y directamente se te caen las bragas, alguien que susurra cualquier frase y tu alma cae directamente al abismo del sexo descontrolado, de donde no quieres que te rescaten nunca. Alguien que tiene en su mirada el superpoder de traspasarte la ropa cuando se fija en ti, como todo un Superman. Así de fascinante. Tal cual.

Me recordaba al último protagonista de dicha película.

Un hombre muy sensible a los detalles que le rodeaban, muy observador, pero con una dura coraza lista para el combate. Despiadado, que tiende a hacer más que evidente de una manera algo agresiva si no quiere hablar de sí mismo. Aunque tiene sus nervios templados cuando la situación los requiere. Los manifiesta para vivir cada día en un ambiente francamente hostil: un ambiente global financiero, áspero, lleno de envidias y corrupción. Muy consciente. Sabía en todo momento lo que era capaz de generar a su alrededor, tanto con mujeres como con hombres. Lo hacía adrede. Le fascinaba ser el centro de atención.

Él elegía con quién follar, dónde, cómo y cuándo ponerle fin. A eso estaba acostumbrado hasta que llegué yo.

Y qué manos tenía. Esas manos podían recorrerte sin descanso, mil veces, sin que quieras que se detengan nunca. Tu cuerpo era su credo más sagrado. Sin pudor, pero con avaricia, aunque siempre con respeto. Al menos la primera vez. Hombre familiar y de creencias y valores férreos. Alguien leal en quien confiar y por quién preguntar cuando estás perdida. De ese tipo de hombres que sabes que te agarrarán para que no te caigas, aunque con él no será gratis.

En su moto, impresionante y de modelo antiguo, se encuentra a sí mismo cuando se pierde. Y no le gusta nada más que sentir que forma parte de algo importante: su familia, su pandilla, sus tradiciones y su religión para organizar su peculiar mundo privado.

Nuestro primer encuentro fue tras intercambiar durante varios días mensajes muy obscenos, retándonos con cada frase y poniéndonos si cabe más cachondos con un enganche carnal muy previsible. Así que para qué dilatarlo más.

Decidimos quedar en el centro de la ciudad en una cafetería con mucho tránsito, de una gran cadena. Mientras yo terminaba de trabajar, él estaba sentado en una mesa alejada de la entrada, con unos auriculares, leyendo un ensayo sobre la guerra en el Golfo. Su trabajo de consultor le obligaba a trabajar en países poderosos y peligrosos y a él le encantaba vivir los hechos. Se sumergía en todo lo que hacía con pasión.

Me acerqué a la mesa, pedí permiso y saludé con la mano, por si no me había oído. Me invitó a acompañarle y a sentarme con mi café. Yo temblaba. Menos mal que el café llevaba tapa.

Ese fue el inicio de un no parar. Un no parar de pedir permisos para todo en lo que a él le concernía, hasta que decidí dejar de jugar a su juego. Me asusté.

Con Edu no valían las medias tintas. O participabas con todas las consecuencias o no. Eso era lo excitante. Sobre todo para alguien como yo, sin apenas experiencias sexuales variopintas.

El juego de Edu era el control de poder. Sentirse poderoso fuera y dentro de la cama. Para él no había un momento de relax. Siempre hacía que en el ambiente se respirase tensión. Mis músculos, al oler su perfume intenso acercarse, se ponían tensos. Mi vello se erizaba a su nada sutil toque, como si ya supiera qué me iba a deparar su caricia. Mis ojos eran incapaces de mirarle de una manera ingenua, y él lo sabía. Yo le daba su dosis de poder fuera del trabajo. Y eso lo volvía irracional.

En cuanto me senté en la mesa, su mano tocó la cara interior de uno de mis muslos con contundencia y hambre, deslizándose por mi pierna con dolorosa lentitud para remarcar que fuera claro el mensaje de deseo que imponía su cuerpo. Su mirada por encima de las gafas fue casi peor. No soportaba mirar esos ojos tan endiabladamente azules, taladrándome la boca. Pero cuando realmente se me empezaron a mojar las bragas fue cuando noté su aliento en mi cuello y escuché por primera vez su voz.

Solo dijo una palabra. La dijo una vez y fue suficiente para mí. Estaba completamente abierta —en todos los sentidos, já— a dejarme llevar por este tío, a su completa y absoluta merced. Aunque yo no era consciente en ese momento, él sí.

—Cardíaco.

—¿Disculpa? —le dije, impaciente.

En ese momento cerró el libro, se quitó las gafas de pasta negra que tan bien le quedaban, inclinó la cabeza hacia atrás, me cogió la mano y me la colocó encima de la cremallera de sus vaqueros impolutamente negros. Mi cara debió ser un poema.

Y repitió:

—Cardíaco. Así me tienes desde que te vi haciendo cola al llegar para pedir el café.

Seguía con los ojos cerrados y yo le miraba. No podía dejar de hacerlo. El resto de gente se difuminó. Y ahí estaba yo, observando la velocidad que estaba adquiriendo su pecho con cada respiración. Mi mano cobró vida propia. Para mi sorpresa se lanzó a quitar presión de la zona, bajando la cremallera.

Edu comenzó a gemir. Aunque no era escandaloso, era evidente. Lo extraño es que yo no quería parar. Sentí el calor en mi mano, la humedad en la yema de dos de mis dedos —los más valientes—, los que rozaban la punta de su polla con total impunidad. Ya sobresalía con furor del lugar que se le había asignado en un principio. Yo rozaba cada centímetro de su delicada piel y conseguía, sin saberlo, mantener la tensión. Al parar de acariciarlo para mirarle, su respiración se aceleraba y yo me embobaba más. Su boca entreabierta jadeaba. Y entendí que ya no era su poder sino el mío.

Qué ganas de morderle la boca. Sus labios clamaban por ello y yo me mordía los míos, solo pensaba cómo sería que me mordiera los pezones, que ya estaban duros y dolientes y se escapaban por el encaje presionando mi camisa.

Me acerqué con un saltito en el banco de madera que compartíamos y le susurré muy despacio, dejando salir mi aliento todavía humeante de café, en su oreja:

—Eres muy facilón.

De repente se incorporó, abrió los ojos y soltó tal carcajada que toda la cafetería se giró a mirarnos. Me contagió y empezamos a reírnos sin poder parar. Una risa nerviosa, claro. Su polla dura asomaba fuera del vaquero pidiendo más. Sus ojos se hacían pequeños con cada carcajada. Mientras con una mano acariciaba el borde de su taza, la otra mano sujetaba la mía para que no se viera nada —que no se debiera—. Y de paso imponía su soberanía sobre mí. No se contenía al mirarme, relamiéndose despacio. Y yo, pues mojaba más las bragas.

Un sorbo a su café americano antes de decirme:

—Te espero en el baño. Quiero que se te corra el pintalabios ese rojo que llevas.

Su dedo gordo rasgó el color de mi labio.

Se subió la cremallera no sin antes hacer una mueca de dolor al colocarse. Se levantó y desapareció delante de mis ojos tras pulsar el código del baño que exigía la puerta corredera.

Tardé menos de lo que habría esperado en reaccionar. Recogí lo que quedaba de él en la mesa, me alisé la camisa con nerviosismo y me peiné los rizos con los dedos todavía pringosos de su néctar. Suerte que no había nadie enfrente. Fui como un tornado por el pasillo hasta la puerta que me separaba de él.

Acababa de conocerle y ya no quería estar lejos. Efecto imán. Wow. Cada célula de mi cuerpo gritaba ¡peligro!

Cuando llamé a la puerta no se hizo de rogar. Se le notaba excitado en todo. En cómo se movía su cuerpo, en esa sonrisa de lado maquiavélica, en la recepción que me hizo.

Descorrió la puerta con un ímpetu que gritaba su ansia por mí, con la erección fuera del pantalón.

—¿Y si no llego a ser yo?

—No hay nadie ahí fuera con más ganas de entrar aquí que tú —me contestó, altivo.

Sonreí maliciosa dejando el bolso en el cambiador para bebés. Al girarme se estaba masturbando enérgicamente mientras me miraba. Al inclinarme había dejado a su vista mi culo en todo su esplendor, marcado dentro de un legging de cuero.

Mi vagina se contraía involuntaria al mirarle. No quería correrme si me ponía un dedo encima. No. Quería aguantar, quería disfrutar más ese cada vez más cercano órgasmo. Quería merendármelo entero.

—¿De rodillas o te sientas en la taza? —me preguntó soberbio.

No contesté. Me arrodillé como si no tuviera poder sobre mi cuerpo. Se acercó a mí con un caminar vigoroso sin parar de tocarse.

Me acarició con el dedo gordo los labios, comprobaba el labial. Y cuando vio que no iba a correrse tan fácil, su expresión cambió. Se enfadó. No comprendí muy bien el porqué en ese momento, pero fue terriblemente sexy.

Me forzó a abrir la boca presionando mis labios con sus dedos extendidos y comprobó el calor que había dentro. Yo le miraba desde abajo con ansía, sin decir nada. Aunque jadeaba cada vez más fuerte y empecé a acariciarme el clítoris por encima del legging. Me empezaba a doler la entrepierna. Él no se inmutó, pero lo sabía.

Mi boca ansiaba probar su sabor. ¿Sería más dulce? ¿Más ácido? Moría por saberlo. ¿Podría meterme toda su polla en mi boca? Era enorme, pero lo iba a devorar. De eso no tenía dudas. Le iba a hacer la comida más deliciosa que iba a ser capaz de recordar en mucho, mucho tiempo. Dios, qué cachonda estaba.

Su polla era tan grande como todo en él y estaba súperduro. Para muestra aporreó el lavabo en un alarde de hombría innecesaria. Aunque me puso —no sé por qué— más excitada aún. Había sido deportista toda su vida y su cuerpo había resultado ser su templo durante mucho tiempo. Era bastante agradecido y eso era más que evidente. No estaba depilado. Era viril y masculino. Y estaba empezando a sudar. Le caían gotas por el cuello, ese cuello ancho y robusto. Era todavía más delicioso húmedo.

Me agarró del pelo y me curvó la cabeza hacia atrás. Metió su polla dura en mi boca con pequeños golpes en mis labios. Consiguió así que mi lengua acariciara la punta del capullo, que ya chorreaba. Y sonrió. Me dio confianza para seguir. Despacio fui lamiendo la suave y delicada piel. Lo hice lento porque le escuchaba gemir y me hacía, con cada gruñido, sentirme más poderosa y más y más mojada. De hecho estaba traspasando el legging. Yo le miraba retadora, ávida de poder y control. Él cada vez se agitaba más en mi boca. Noté más presión en su pene. Sus venas se empezaban a marcar. Estaba violentamente expuesto a mí.

No le gustaba ese dominio que tenía sobre él, pero moría con cada lametazo. Mi saliva chorreaba por los extremos de mi boca y colgaba de mis comisuras como si fuera material elástico, muy caliente y súper placentero. Le estaba volviendo loco de placer.

Mis manos apartaron las suyas y, empuñando sensualmente poderosa su arrebatadora polla, comencé a moverlas con un ritmo frenético. Él empezó a embestir mi boca. No podía convertirse en mi esclavo así que decidió tomar el control. Lo que no podía prever era que yo parara de repente.

—Pero ¿qué coño...?

Con los ojos abiertos de par en par, con una mezcla de rabia y excitación en ellos, no podía articular palabra. Cuando me vio bajarme los leggings despacio, sin dejar de mirarle, manteniendo ese contacto visual que hacía que todo fuera a cámara lenta. O mejor dicho, súper lenta. Me aparté las bragas de encaje a un lado, me chupé el dedo índice y le marqué el destino.

Vino hacia mi culo como un miura descontrolado. Fue agresivo. Me empujó contra el water. Me incliné hacia la pared y me mostré tan abierta como pude, dejando todo mi coño empapado disponible y palpitando. Pero él no colaboró.

Me penetró tan duro por detrás que ahogué un grito sordo de dolor, escupiéndoselo en el dorso de su mano, la cual me sujetaba la boca para amortiguar el sonido.

—Joder —gruñó—. ¿Eres virgen? Me tienes idiotizado.

Silencio. Miradas. Silencio. Más miradas. Jadeos.

Mientras más duraba el silencio, más ardía mi coño. Mis labios estaban muy gordos y enrojecidos de la excitación. Del roce de mis dedos ya no iban a escapar. A él lo notaba más cachondo, más duro, más tenso. Le excitaba la idea de ser el primero en follarme el culo. Le excitaba que fuera yo. Le excitaba que volviera a tener el control. Tenía los ojos en blanco. Y solo decía para sí:

—No pares de moverte. Joder, qué rico. ¡Vaya culo! Puta diosa.

En ese estado casi hipnótico, movió sin querer su mano hacia mi cuello. Pero mientras la bajaba me dio tiempo —no sé cómo— a morderla. Clavé mis dientes como él me estaba clavando la polla, sin piedad.

Consiguió zafarse de mi boca y me dio tal cachetada en el culo que toda mi piel se enrojeció. Me contraje de dolor. Y él se corrió con un gemido seco y profundo. Y yo con él.

Caí en una espiral progresiva de placer y dolor como si cayera Alicia en la madriguera del conejo. Bufff.

No recuerdo nada igual.

Salimos de la cafetería ya de noche. Apenas pude despedirme y mucho menos sentarme en el bus de camino a casa.