Erika Moore - Acceso solo por invitación
León y su rugido me dejaron temblando.
Tal y como su nombre decía era el rey, único en su especie. Aunque no muy alto se le veía grandioso. Rubio de pelo revoltoso y semilargo. Un flequillo muy largo que le llegaba hasta la mandíbula cuadrada pero rapado de los laterales. Una boca bonita, bien dibujada y fina. Se recogía el pelo en un moño mal hecho pero que le daba un exotismo muy vikingo cuando se lo soltaba que cortaba la respiración.
Un hombre-niño porque aún no tenía los 30. Y aunque me gustan mayores León llegó, como todo lo bueno en esta vida, sin avisar ni pedir permiso, como un tornado. Arrasó conmigo.
Con esa cara de niño bueno, hoyuelos al sonreír, se había dejado una frondosa barba para parecer mayor dándole un aire retro y malote que le envolvía en un halo de todo me la pela.
Su caminar era pausado sumado a esa sonrisa que parecía abrirte las puertas del mismísimo infierno de par en par, daba la bienvenida sin duda a su trampa de cazador experimentado y cruel.
Apenas dejaba rastro y se le resistían pocas mujeres y menos hombres. Y él disfrutaba de todo y de tods.
Con aire bohemio, de artista sin serlo, el cigarro siempre prendido en sus dedos y el andar de quién camina por la vida sin prisa. Tenía un olor dulzón a pesar del tabaco. La mezcla de ambos le daba ese aire nostálgico cuando estaba cerca. Su cuerpo no era de gimnasio —le aburría soberanamente—. Prefería salir a patinar o a bucear lo que le hacían de tornos perfectos para dar forma a sus prietos muslos y a su perfecto torso. Era proporcionado y más alto que la media. De manos grandes y trabajadas.
Le encantaba la vida natural sin artificios y todo lo ecológico —los cigarros eran naturales, cultivo propio—.
Se suponía que venía de vivir una mala experiencia con su exrelación muy intensa, aburrido de ella por la mella del tiempo y de la rutina en la convivencia. Se había lanzado al mundo de las citas por redes.
Se notaba que aún le dolía. Y lo compartía sin problemas como que le volvían loco la lencería gótica y los pies, pero sobre todo el morbo extremo. Ese era su punto débil. Y era todo lo que yo quería para mí en ese momento.
La primera vez que le vi en la app pensé que era demasiado joven para mí. Y conforme iba pasando sus fotos me iba relamiendo literalmente a cada foto que veía de su cuerpo. Era más y más erótico. Luego me confesería que le había ayudado un amigo fotógrafo con las poses y los juegos de luz. Y que era él el culpable en todo caso de la lista indefinida de matchs que acumulaba y que me enseñó como muestra de ese gran ego que rugía dentro de él. ¡Le daba a todo que sí!
Nuestra primera cita fue como no podía ser de otra manera al aire libre. Tomar algo en un chiringuito a orillas del mar. Música chill. El ruido de las olas y el atardecer de fondo. Reconozco que fue muy de postal.
Se presentó con unos vaqueros rotos y unas blanquísimas deportivas. Llevaba una sudadera con capucha de una marca de surf azul marino atada a la cadera. Y una de esas camisetas que parecen supviejas, descoloridas, sin mangas para lucir la tinta de colores en su piel aceituna. En cambio yo llevaba un vestido largo hasta los tobillos ceñido en la cintura con escote y espalda en V de un morado intenso y dos aberturas laterales hasta la mitad del muslo. Y unas sandalias para poder salir a la arena en caso de dar algún paseo.
Con sonrisa picarona me miraba esperando mi reacción. Al ver que no me importaba en absoluto me retó a quedarnos sin ropa y seguir paseando como si tal cosa. En otra ocasión, murmuré.
Mi sorpresa fue cuando él no quiso sentarse en el chiringuito sino adentrarse en las dunas que había más allá. Según íbamos andando por la arena empezaba a oscurecerse y comencé a ser consciente de que se trataba de una playa nudista. Cuando dejé de fijarme en él para fijarme en el resto del paisaje. Aunque no hacía calor ya era otoño. Aquí en el sur cualquier época es buena para disfrutar del ambiente tórrido que provoca el mar al estar desnudos frente a él.
Nos sentamos debajo de una palmera la única que había. Nuestro oasis privado. Me invitó a sentarme donde empezaba la arena a difuminarse con el escaso césped de alrededor. Nos descalzamos y sumergimos los pies en la aún caliente trinchera marina. Se sacó una licorera del pantalón la cual me ofreció. Y con gusto probé.
—Mmmm, está dulce. ¡Qué rico! —me sorprendí.
—No tanto como puedo intuir que sabes tú.
Y me besó el cuello tan dulcemente y con tanta sed que no creo que ningún licor pudiera calmarle.
Aún con restos del néctar en el borde de la boca me dejó la marca invisible y pegajosa que no solo fue en un lugar sino que recorrió la línea imaginaria desde mi oreja hasta mi clavícula dejándome muy pringosa y con ganas de más.
Mientras me recuperaba de la ensoñación de besar su boca a través de esa barba tirándole de esos mechones que le quedaban sueltos para atraerlo hacia mí me quitó de las manos la licorera. Me apartó el vestido por uno de los laterales dejándome los muslos sin tapar y empezó a decantarla sobre mi piel.
—Un par de gotas para empezar —me relataba.
Mientras lo hacía dejó correr por el interior de mis muslos cada gotita que con mucho cuidado vertía. Y fue vertiendo más y más.
No paraban de resbalar con delicadeza. Me recosté y me apoyé sobre mis codos disfrutando de aquella sensación tan placentera que me provocaba la suave brisa con el contacto de mi piel húmeda y endulzada. Dejé a mi cabeza colgando como si fuera demasiado pesada en un estado de relax envolvente como mecida por la marea que no dejaba de oír de fondo. Mi cuerpo se movía. Era una sensación tan diferente, tan medida por él, tan sorprendente para mí.
De repente noté su aliento caliente en mi piel. La punta de su lengua recogía cada gota y marcaba todo el camino.
Seguía un rastro. Un felino detrás de su presa. Hincando su morro en mis muslos agazapado entre las sombras de la noche esperando el momento y procurándome una sensación tan ardiente que me revolví inquieta deseándole mucho más.
Mis pezones se endurecieron al contacto de sus labios por encima de la tela avisando del peligro.
Sus manos me abrieron del todo los muslos como si se hubiera descorrido el telón de la obra al comenzar. Sin cautela mi vestido cedió fácilmente dejando ver mis diminutas braguitas con una gran mancha de mi tremenda humedad por él.
Mis muslos se sentían descubiertos pero no intimidados e intentaban zafarse como rogándole a sus manos que me tocara más. Entre ellos se frotaban como hechizados mientras mi yo consciente ya no lo era y seguía con los ojos cerrados y muy lejos de esa selva.
Volví en sí cuando en mi coño impactaron sus dedos sin necesidad de levantar nada de tela.
Me pidió solicito que abriera mis ojos. Quería certificar en mis pupilas dilatadas que lo estaba haciendo bien y así poder regodearse. La sacudida de melena era evidente.
Entre abrí las pestañas para sin saberlo recordar para siempre esa imagen de León haciéndose crujir y girar su cuello a modo de preparación para degustarme. Mordiendo su labio inferior se colocó entre mis piernas. No se molestó en mirar alrededor por si había alguien que pudiera vislumbrar la escena. Se la pelaba. Todo. Y a mí también.
Pero sí que había espectáculo porque teníamos a una pareja de chicos que nos observaba desde la lejanía con mucha atención. Yo no sabía al ser consciente de ello sin asimilarlo si saludarles o dejar de mirarlos para no invitarlos. ¿Se habrían unido?
Su lengua me dibujó perfectamente el trayecto a devorar y cómo iba a continuar con su dedo gordo ascendiendo la senda. Parecía marcarme.
—Por dios, aparta las bragas —grité.
—No.
—¿No vas a complacerme? —supliqué.
—No.
—¿Por qué? —mendigué.
En ese momento levanté la cabeza le agarré del jodido flequillo y tiré hacia mí.
—Mírame —ordené.
No dijo nada se revolvió y consiguió arrancarme el primer gemido al introducir sus dedos dentro de mí.
Joder, ni noté que había corrido las bragas.
Uno a uno fue introduciéndolos en mí como quien prueba un piano y va tocando cada tecla con sutileza pero sin indulgencia.
Comencé a retorcer mi cuerpo dejando huecos en la arena a cada movimiento. El vestido comenzó a resbalar por los hombros quedando a la altura justa de los brazos para liberar la mitad de mis tetas. Mis pezones aprovecharon para asomarse duros pidiendo que se les diera atención.
Su lengua entraba y salía de mi coño mojado una y otra vez jugando con sus ágiles dedos mientras la otra mano lanzaba pellizcos a mis sedientos pezones alternando el contacto pero sin ritmo constante para no predecir cuál sería el siguiente y así mantenerme todavía más alerta y más mojada esperando cada roce con su piel sedienta de más. Iba a colapsarme. Lo sentía así. Y parecía satisfacerle supinamente.
—No puedo más —sollozó cabreado.
Se desabrochó la cremallera con urgencia haciendo saltar uno tras otro cada botón que le tenía prisionero de un solo tirón. Wow, lo que vi en ese momento me dejó sin respiración. Era la recreación perfecta de una perfecta arma-polla. Y solo podía pensar en que estuviera ya dentro de mí acabando con mis deseos.
Y allí con el anochecer acompañándonos bajo miradas indiscretas y curiosas de quienes paseaban cerca de la orilla y no tan cerca comenzamos a follarnos como si no hubiera un mañana.
La presión de su cuerpo encima del mío. Sus jadeos. Sus largos e inagotables besos llenos de saliva provocadora y de esos bocados que hacían de él el perfecto León consiguían inundar cada uno de mis cada vez más mermados sentidos.
La idea de ser vistos y descubiertos que se me cruzaba en los escasos segundos mientras era lúcida me estaba excitando mucho más de lo que hubiera querido reconocer.
Arañé su espalda por debajo de la vieja camiseta. Mordí cada hueco de piel entre su cuello y su torso apartando el trozo de tela como pude. Lo lamí entre jadeos. Y en cada embestida parecía que su polla se acoplaba más perfectamente a mí si cabía.
Me sentí como un puñetero puzle. Su polla y mi coño con cada empujón nuevo mejor que el anterior armaban las 5000 piezas a ritmo de embestidas sin descanso.
—Me voy a correr, León —rugí esta vez yo.
—Esperame —suplicó. Y su pelo le brindó la oportunidad de mirarme entre los mechones mojados de sudor que cada vez se pegaban más a nuestra piel la suya y la mía ambas empapadas.
—No quiero. No me importas tanto —le contesté.
Y me corrí tan desesperadamente habiéndome liberado tanto al soltar aquellas palabras que no fue un orgasmo sino que fueron varios. Uno tras otro.
Se corrió de inmediato con un ahogado gruñido. Y una mueca de desaprobación. Se apartó al terminar con aire de suficiencia quedando tendido en la arena con la polla fuera todavía supurando leche.
—La próxima vez, cariño, me esperarás. Ya verás.
—Cariño, no habrá próxima vez —contesté sin poder dejar de jadear.
Esa fue mi primera vez en una playa nudista y no sería la última gracias a mi León.
Erika Moore
No es para todos. Nunca lo fue.
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