Erika Moore - Acceso solo por invitación
Pulsión, en psicoanálisis, es una fuerza —en la forma de Carlos—, una energía profunda que impulsa al sujeto a llevar a cabo acciones con el fin de satisfacer una tensión interna: hambre voráz, principalmente de tipo sexual.
Ya tengo detectado lo que me pasa y me pasará siempre, con Carlos. No me sucede con todos los hombres que se cruzan en mi camino, solo hay pocos elegidos para este tipo de atracción brutal. Lujuria masticada en el aire es lo que se crea entre él y yo.
Carlos llegó a mi vida a través de un trabajo que le obligaba de vez en cuando a dar charlas sobre coaching: cómo enfocarte de manera realista, cumplir tus sueños sin ser otra víctima del marketing.
Carlos era un prestigioso chef de una de las cadenas hoteleras orientales más exclusivas del mundo. Se había formado con los mejores, empezó desde abajo, recorrió el mundo aprendiendo el oficio y nunca desfalleció en alcanzar sus metas. Eso fue lo que pude averiguar cuando leí su sinopsis en la web de presentación.
Su trabajo le absorbía casi tanto como yo lo hice con su polla cuando tuve oportunidad. Esta fue una de las veces en que la vida te pone delante aquello que necesitas justo en el momento adecuado. Después de que desaparecieras, me quedé hecha polvo, pero con un gran apetito: muy loco, muy voraz de follarme todo lo que me pusieran delante. O casi todo. Una siempre ha sido exquisita.
Mi hambre era insaciable. Carlos se percató inmediatamente del desprendimiento de hormonas cachondas que clamaba mi cuerpo en cuanto me vio. Se acercó a mí en un impasse de la conferencia que estaba dando, cuando coincidimos en el pasillo camino a los aseos.
Yo no sabía quién era. Lo único que presencié fue un pedazo de moreno: pelo liso, corto pero rebelde, ojos color avellana profundos, una marcada mandíbula varonil envuelta en vello de barba de pocos días. Muy atractivo. Su nariz aguileña le confería una fuerte personalidad. Y sus hoyuelos al sonreír lo hacían irresistible, como la manera en que sus ojos se hacían más pequeños cuando esa sonrisa era de verdad.
Alto, fuerte, con unas manos enormes, anchas pero muy cuidadas —se las notaba trabajadas—, llevaba un traje impecable de Armani de tres piezas que le sentaba como un guante. Gris con raya diplomática y camisa blanca abierta en el cuello. Cinturón y Monk Straps de ante negro a juego. Le daban ese aire clásico que tanto me excita en los hombres, pero con ese toque informal que nos pone tan cachondas: ese "Estoy preparado para todo, nena". Por no hablar de ese perfume… Mmm, todavía despierta en mí unas ganas abominables de tocarme, pensando en cómo lo hacía él y cómo me devoraba con esa mirada capaz de dejarme muda. Ese olor. Los olores me ponen tan cachonda, sobre todo los que traen recuerdos tan abrumadores.
Sus zapatos fueron la clave de que mis ojos se fijaran en él cuando lo escuché venir detrás de mí por aquel pasillo interminable del recinto ferial. Aunque había moqueta por todos lados, los pasillos que conducían a los baños eran impolutos. El taconeo de su caminar hizo que me girara a mirar. Unos zapatos preciosos y caros, que relucían en consonancia con todo él. Emanaba un imán de hombre seguro de sí mismo, completamente adictivo y embriagador.
Él no dudó ni un minuto. Se acercó a mi cuello y me olió como si fuera un lobo deleitándose con su corderito. Me quedé estupefacta, no me lo esperaba, clavada en el sitio. Mientras avanzaba, comenzó a decir:
—No sabía que se podía oler tan bien sin ser un delicatessen.
En ese momento se giró sobre sí mismo y, mientras seguía andando hacia atrás para no perder mi contacto visual, dio con su espalda en la puerta que le quedaba detrás y la abrió sin esfuerzo con la espalda y uno de sus talones. Él conocía ese pasillo.
—No todos los delicatessen se comen —le contesté—. O puede que sí.
Terminé de decir esto justo cuando él entró por la puerta de caballeros. No sé si me escuchó. Solo lo dije en mi cabeza. Porque lo cierto era que mi boca estaba completamente seca.
Estaba avanzando por el solitario baño cuando vi, reflejado en el espejo al mirarme, que la puerta se abría dejando entrar a aquel tío que acaba de robarme el aliento.
Me aprisionó contra el lavabo, a riesgo de que pudiera entrar cualquiera. Me retiró el pelo hacia un lado con una mano y mientras me olía de nuevo el cuello, me quedé absorta, mirándole fijamente a través del espejo. Pude ver cómo al coincidir nuestras miradas, aquella suya dejaba de ser color avellana para convertirse en potente y denso chocolate. Sus ojos chispeaban, y su sonrisa de medio lado le daba un aire tan siniestro. Me gemía en el cuello sin decir nada, mientras levantaba mi falda de tubo negra con una mano. Cuando encontró la licra del liguero que había estrenado esa mañana —que me confería ese aire sensual que tanto me gusta evocar en cada prenda de lencería—, se quedó mirándome fijamente, sacó la lengua y me lamió con tanta lascivía justo donde había dejado aquellos gemidos tan animales y guturales. Recorrió mi cuello hasta la clavícula. Se me erizó la piel. Solo deseaba que no parara de tocarme, de hacer presión contra aquel lavabo para mantenerme quieta, porque me dejaba notar su potente erección. Cada vez más arrogante.
Su lengua asomó por la comisura de la boca mientras se mordía la puntita, sin dejar de mirarme. Su otra mano ya había desabrochado mi camisa de raso blanca, lo suficiente para dejar al aire el escote bordado de encaje blanco que adornaba la combinación, la que me hacía a la vez de camisa interior y evitaba que se me pegase la falda a los muslos al andar. El conjunto que había elegido la noche anterior era de lo más sensual y provocador. Me hacían sentir poderosa y tremendamente erótica. Sin bragas, sin sujetador, solo con el liguero y las medias al muslo debajo de la combinación de seda. No hay comparación para sentir esa delicadeza en la piel.
Mis pezones se estaban marcando a través de ambas telas, excitados y ansiosos. Entre la imagen reflejada en el espejo —los dos mirándonos, retándonos, adivinando lo que el otro pensaba—, aquel intenso perfume que emanaba de cada poro de su piel, sus manazas en mi cuerpo…
Mi pulsión desbocada, mis ganas de que terminara de levantarme la falda del todo, la abullonara en mi cintura y me embistiera allí mismo eran irrefrenables. Tanto que mi culo cobró vida propia y comenzó a frotarse contra su entrepierna, que ya endurecida presionaba cada vez más fuerte, junto con su cadera que no dejaba de moverse en círculos.
La mano en mi pecho se introdujo hábilmente bajo el suavísimo tejido que me acariciaba, y con índice y pulgar de la mano izquierda comenzó a danzar por mi aureola derecha, como si con esos círculos pudiera provocarme aún más. Era como seguir un sendero sinuoso sin pausa.
Mi piel se erizó. Su boca se acercó al lóbulo de mi oreja izquierda y su mano se coló entre mis muslos, abriéndose con perversión a su tacto. Cada vez que notaba su roce acercándose. Mi coño palpitaba y chorreaba mientras me mordía el labio sin dejar de mirarle. La escena era puro morbo. Podrían entrar en cualquier momento y pillarnos sin poder ni querer ocultarnos. No nos movimos. El fuego entre nosotros ardía.
Una de mis manos, hasta entonces sujeta al borde del lavabo para no perder el ángulo de perversión, comenzó a buscar la cremallera del traje. La bajé mientras su polla dura salía airosa del pantalón. Parecía llorar de lo mucho que goteaba.
No he visto una polla más perfecta en mi vida. Forma, color, tamaño: erección perfecta hecha realidad. Gruesa y larga, una polla de anuncio. Perfectas proporciones. Carlos lo sabía. Deslizó su polla bajo lo que quedaba de mi falda justo cuando se abrió la puerta de repente.
Se me escapó tal gemido al notar la suave y delicada piel del capullo contra mi culo que aquella mujer de edad avanzada que entró se sonrió. Nos miró de reojo mientras volvía a salir, diciendo algo como "si fuera joven de nuevo". Ambos nos reímos, pero no dejamos de frotarnos.
Carlos no paró de acariciarme. Cuando entró la mujer aprovechó para pellizcarme el pezón, que ya estaba gordo y duro. En esos segundos que parecieron minutos, su polla había hecho jugo de su escaso control. Notaba sus fluidos rodando por mi muslo. El ardor de mi entrepierna era horriblemente doloroso. Con mi mano derecha conseguí que me sobara el pecho y dejara mi pezón. Necesitaba que lo estrujara, que me lo mamara. Que lo sacara con apremio, lo liberase de aquella prisión que dolía y lo dejase libre pero aprisionado en su boca junto con su lengua. Por dios, necesitaba su lengua en mi pezón, necesitaba su succión. Necesitaba su polla entre mis labios, acariciando mi clítoris, que estaba abultado y doliente.
Su lengua comenzó a recorrer mi cuello, más concretamente el camino caliente que marcaba el pulso de mi yugular, en la porcelánica piel que me envolvía entera. Sus dedos de la mano derecha apartaron mis muslos, introduciéndola por delante de tal manera que aprovechó para embestirme con su dura polla mientras me inclinaba cada vez más contra el lavabo, sin perder detalle de mi cara.
De repente me fijé en mí. Dejé de mirarle a él y centré mi visión en mi pose tremendamente sensual, en mi cara desencajada de placer absoluto, mi boca jadeante y entreabierta, mis ojos de un color incierto y una mirada completamente felina. En ese momento descubrí a una Erika completamente desconocida. La visión de mí misma en el reflejo de aquel gigantesco espejo me devolvió una de las cosas que había perdido cuando te fuiste: las ganas de sentirme viva. En ese momento dejé de estar en modo pasivo. Me dejé llevar a modo activo: yo ordeno y tú obedeces.
Le di un empujón a Carlos que consiguió acertar de lleno para introducir su polla en mi húmedo y vibrante coño de una vez.
Me urgia controlar la situación a mi placer y no al suyo. Me incliné aún más en el trozo de mármol que me sujetaba y le dejé embestirme como si no hubiera un mañana. Sus ahogados gruñidos eran excitantes y me urgía correrme cada vez más. En una de las embestidas me frené y conseguí sacarle la polla con suavidad. Se quedó estupefacto, sin saber qué decir ni qué hacer con su polla palpitante y chorreando de mi leche. Me dejó hacer.
Me arrodillé con la falda de cinturón, apoyada en mis rodillas a cuatro patas, casi cubierta por el hueco del lavabo, con las piernas del traje enfrente de mí. Dejé el espacio suficiente para que Carlos se apoyara donde lo hacía yo y se pudiera mirar mientras yo le iba a succionar aquella obra de arte hasta hacerle gritar. Y gritó. Se le cayó hasta la baba, que manchó su camisa.
Me propuse que la visión de mi cuerpo mientras le agarraba y engullía la polla se le quedara grabada para el resto de su vida, fuera donde fuese donde ésta le llevase.
El liguero de mis muslos seguía intacto. Al no llevar bragas, mi culo en pompa era de lo más sugerente con el deslizamiento que hacía por el suelo, mientras sus manos sujetaban mi pelo en una coleta formada por sus dedos. Me dejaban completa libertad para agarrarle con una mano el capullo y con otra los huevos que había conseguido sacarle del pantalón por la bragueta.
La primera se mantenía en el tronco de la polla mientras la devoraba con mis labios y la succionaba sin apenas respirar. La otra se deslizó por mi culo. Empecé a frotarme. Me encantaba el sabor que tenía. Me encantaba el tacto de ese maldito traje de marca, tan delicado y suave. Me encantaba sentirme tan deseada y tan poderosa. Nunca comerme una polla en un sitio público había sido tan excitante. Nunca había sido con un desconocido. Nunca fue con un hombre tan morboso y tan dominante a la vez que tan sumiso.
Sabía que se acercaba el momento de correrse. Su polla palpitaba, la leche era cada vez más densa, sus contracciones en mi boca eran cada vez más urgentes y yo necesitaba correrme porque no podía más.
Aceleré mis embestidas, coloqué mi lengua en su frenillo y el chorro fue con tanta presión que rebotó en mi garganta, que empezó a gotearme por la comisura de los labios —que seguían rojos—. Las gotas de lechada le daban un aire de película pero eran jodidamente sexis.
No terminó de correrse cuando sintió que tiraba de mi pelo hacia arriba para que le mirara. Me indicó que subiera hasta él con un movimiento del dedo índice. Me incorporé como pude porque todavía me temblaban las piernas.
Me cogió de la mano y me llevó hasta uno de los huecos donde estaban los váters. Bajó la tapa de la taza, se bajó los pantalones, se liberó por fin de ellos —que cayeron hasta los tobillos—, se sentó y me invitó a cabalgarle.
La invitación me puso tan jodidamente cachonda que empecé otra vez a chorrear por los muslos. Esta vez me senté mirándole a él. Le embestí la boca aún con restos de su denso delicatessen en mis comisuras. Mi lengua y la suya comenzaron tal baile ardiente que me puso muchísimo más cachonda aún. Con su mano sujetó mi garganta y empezó a apretar. La sensación era nueva para mí, pero consiguió que me dejara llevar. Cuanto más apretaba, más chorreaba. Y él más loco se volvía.
No podíamos parar de tocarnos, de besarnos, de comernos con ansia, con apetito, con velocidad, con ganas. A pesar de haberse corrido, seguía duro como un mástil. Me senté sobre ese barco con tal gusto y placer que mis caderas no hacían caso al repiquetear de tacones que venía de fuera. Seguían instintivamente su rumbo. Era como si en un mapa se hubiera dibujado con una brújula nuestro placer.
Conseguí esa mañana correrme con tal escándalo, tantas veces, que Carlos se sigue riendo de mí.
Tuvo que pedir disculpas a la audiencia que le esperaba en aquel salón de actos, por retrasarse más de la cuenta, al haberse perdido por los numerosos pasillos de aquel titánico centro de convenciones. Fue nuestro primer encuentro y obviamente no el último. Entre fogones iba a empezar el juego. Perdón. El fuego.
Erika Moore
No es para todos. Nunca lo fue.
El acceso no se solicita.Se concede.
by invitation only
Acceso: info@erikamoore.es
© Erika Moore — Todos los derechos reservados