Erika Moore - Acceso solo por invitación

¿Cómo sabes qué quieres, quién eres, si no lo ves reflejado en alguien cercano o nadie te lo dice? ¿Y si no te puedes comparar con lo que ves en los demás?

Así se decide lo que quieres: por exclusión.

¿Eres feliz? ¿Eres libre? ¿Cómo vas a serlo si no eres quien se supone que debes ser? No eres lo que se espera de ti. ¿Y quién te dice cómo debes ser?

Los demás son diferentes a ti. Sientes esa distancia, esa diferencia.

No tienes la misma idílica vida que, según la sociedad, deberías tener. Ni las mismas vivencias que te relatan o ves en sus cuentas súper actualizadas, y mucho menos los mismos tempos. Está clarísimo.

¿Qué se supone que debería estar haciendo yo exactamente ahora mismo con mi vida? ¿Formar una familia? ¿Haberla formado ya?

Si alguien me hubiera dicho que mi vida iba a cambiar radicalmente, no lo habría creído. ¿Quién me iba a decir que iba a dejar mi casa, mi estabilidad preciada, mi única y maravillosa ciudad, mi mundo seguro, mi gente, mi día a día, mi trabajo, mis aficiones, para vivir en un lugar donde todavía no me siento ubicada, donde aún, después de cinco años, me siento una guiri de paso más?

Aún me sorprendo, años después, de las gaviotas que me sobrevuelan o de las incontables palmeras que decoran esta ciudad. Incluso de ver el mar cuando conduzco como telón de fondo. Qué maravilla poder disfrutarlo sin tener que estar de vacaciones para ello. Es increíble viniendo de una gran ciudad que carece de él.

Sigo sintiendo que todo esto es temporal, como cuando llegué.

Sin rumbo sigo después de ti, pero ahora sabiendo que tú eres el puerto al que me dirijo.

Sin guía alguna para orientarme, más perdida que nunca me hallaba yo. Sin las prisas ni ajetreos que te hacen no pensar, y con todo el tiempo del mundo, porque parecía que se había detenido al instalarme aquí.

Empezando de cero. ¡Qué difícil es! Intentando hacer mía, cada día, esta pequeña y romántica ciudad. Dando vueltas por las mismas calles estrechas y largas avenidas plagadas de más turistas que de sombras al sol. Buscando algo de seguridad en reconocer los edificios, las playas o los barrios en esos paseos, trato de buscarme a mí misma. Me siento algo intimidada por lo nuevo, por la pérdida de control y por los tenderos de los comercios a pie de calle que buscan infatigablemente esa mirada cómplice que les haga ganar la venta del día. Para ellos, otra turista más. Alguien que está de paso. Quizá mi aspecto me haga disfrazarme sin yo quererlo.

Pelirroja, con pecas, de ojos de un azul verdoso profundo que recuerdan al fondo del mar revuelto.

Puede que mi pelo cobre y la tez blanca, casi pálida, de mi piel no ayuden a ubicarme para quienes me hablan en inglés cuando se dirigen a mí.

Tampoco es que sea muy alta, y mi cuerpo tiene unas voluptuosas curvas que siempre me han traído algún que otro pesar, pero que disfruto al vestirlas y al acariciarlas hoy.

El vivir debajo de unas grandes gafas de sol aquí tampoco creo que ayude y, ya si le sumamos la mascarilla, voy “hiperundercover” o, vulgarmente, “tapá”.

No me identifican como una españolita más.

Solo soy alguien que ha huido, que se ha mudado de ciudad, que ha cogido la mezcla de bártulos y recuerdos y los ha metido, sin mirar y sin etiquetar, en montones de cajas de la empresa de turno y que, a su vez, han sido metidos en un camión para recorrerse medio país e instalarse, de por vida…, en este bendito sur.

No quiero deshacer del todo todas las cajas. De hecho, siguen así en el trastero muchas de ellas. Duelen aún.

Imagínate, Erika, que tu vida vuelve a cambiar de pronto y necesito volver a mudarme porque esto no es para siempre… ¿o sí? ¿Eso es normal? ¿Es normal que después de cinco años no sea consciente de que vivo aquí “para siempre”? Joder con la normalidad.

Quiero creer que el tiempo no pasa tan rápido o puede que, como leí hace poco, todos sintamos el resto de nuestra vida que seguimos teniendo la misma edad, aunque no dejemos de cumplir años.

Puede que por eso siga sintiendo que vivo en los 90, cuando todo era más fácil. No tenía que pensar en facturas ni en buscar un trabajo que me dé para vivir y que sea coherente con lo que he estudiado durante años. Si soy una más de esa generación que estudió tanto para ahora estar sobrecualificada para casi cualquier cosa. Pena.

¿Pero qué pasa con la vida? ¿Dónde me mintieron? ¿Dónde quedó aquello que se suponía que tenía que ser y no es?

Y pensar en convivir con mascarillas. Por Dios, ¿una pandemia? ¿En serio? ¿Pero eso no pasaba solo en las películas? Vamos, Erika, céntrate.

Sin vida, pero en el sur. De eso va todo, al menos sin lo que yo solía pensar que era tener una vida cuando vivía en mi ciudad.

Sentirse vivo. Me muero por eso. Porque no me siento así. Solo soy un cuerpo que se deja llevar por la monotonía y la cotidianidad. Se supone que estoy viva, pero no. ¿Y cómo es eso de suponerlo? Nada me hace vibrar, ni sonreír, ni disfrutar. Imagino que tendrá algo que ver con mi soledad elegida desde hace años.

Sin nadie que me diga “te quiero”, “te echo de menos”, “eres lo mejor del día”.

Excepto mi madre, y sé que es mucho, pero no es suficiente. Qué suerte tengo de tenerte, mamá.

Hace años que nadie se despierta conmigo o me folla como Dios manda. Nadie que me agite el alma. Eso es nivel profesional. Hace años que no me voy de vacaciones, que es algo que me llena muchísimo, y hace años que parece que soy incapaz de sentir nada ni a nadie, excepto a mí misma cuando me corro.

Lo he intentado con varias parejas y nada. Rara. ¿Rara? No me llenan. Tengo la sensación de que me vacían.

Menos mal que tengo el sexo.

Al masturbarme me siento viva. Me gusta verme reflejada en el espejo. Me siento mejor que nunca conmigo misma. Me veo y pienso: joder, Erika, nunca antes has estado tan sexy, tan deliciosamente interesante ni tan… sola.

Pero, por Dios, Erika, ¡si parece que solo me veo yo! Invisible me siento, y debería serlo, cuando paseo entre las aplicaciones de citas para paliar este humor ácido. Pero no es suficiente.

En la época de las redes sociales, de estar al alcance de todos y de todo con un solo clic, de todo lo inmediato, de conseguir casi todo con la ley del mínimo esfuerzo y de saber que no estás solo porque tienes acceso ipso facto a cualquier cosa que quieras, estás más aislado que nunca de lo que realmente importa. De los sentimientos. De lo que nos hace humanos.

Las máquinas nos lo hacen todo fácil. Ya ni siquiera me toco con los dedos. Me masturbo con algo ajeno a mí, que me hace sentirme aún más sola.

Me masturbo cuando me aburro. Me masturbo para asegurarme de que sigo siendo capaz de sentir y que soy joven y lozana a pesar de mis cuarenta tacos, que es muy importante cuando cumples años y no quieres pensar en todo lo que has vivido ya. Y, sobre todo, cuando no quieres pensar en lo que todavía no has hecho con la edad que tienes.

Sentirse joven es un regalo. Me masturbo porque creo que me voy a volver virgen si no lo hago con asiduidad y porque me gusta, joder. Me encanta joderme.

¿Se notará que no lo practico todo lo que debería la próxima vez que me acueste con alguien? ¿Se notará que no tengo sexo con alguien cuando tenga mi próximo encuentro sexual? ¿Y si me corro con una caricia vacía? No quiero que me toquen, que me rocen, que me besen y sentirme poseída por esa sensación de no tener el control que tanto necesito.

Diooooooos, cómo me gusta que me toquen, que me exciten, que me… TO-DO. Pero, sobre todo, que me follen bien follada.

Los besos. Pedir besos es como implorarle al dios de los infiernos que apague los hornos porque hace mucho calor. Eso no se pide nunca, pero yo los suplicaré… porque cómo echo de menos ser besada. Esos besos húmedos, con lengua, lentos, ávidos. Salvajes, endiabladamente perversos, tiernos y robados. Esos besos. Todos los besos.

Pero ¿y si me tocan y tocan y no me corro? ¿Qué?

¿Por qué no me corro? No sé qué es peor entre ambas opciones. Mi bendición, mi única bendición: mi vibrador. Rápido y eficaz.

Aunque también leí… ya estás, Erika, otra vez. Leí que, si te masturbas solo con eso, luego tu cuerpo no va a reaccionar a otro tipo de estímulos. Joder.

Me he blindado desde hace mucho, pero tener sexo es mágico. Esa plenitud de ser tú, de experimentar querer ser un animal salvaje que deja de estar enjaulado para sentirse en libertad absoluta cuando le abren de repente la jaula. Desmelenarse y dejarse llevar. Y no pensar.

¿Con quién poder ser tú? ¿En quién confiar? Alguien que no se asuste.

Porque el sexo sirve para eso. No solo para aliviar el cuerpo, sino también la mente, ¿no? Es no pensar. Es epicúreo y es fugaz. De ahí la necesidad de repetir y repetir. Bufffff, cómo me cuesta a mí no hacer eso. Quizá por eso me he blindado. Porque pienso todo el rato y continuamente. No, Erika. Mal. ¿Me da tanto miedo? ¿Pero miedo real a qué? ¿A dejarme llevar o a no hacerlo?

Temo que salgan corriendo al conocer esa parte de mí tan vulnerable. Esa parte que quiere salir, que grita porque le quiten la mordaza, por implicarse, por ser bestia sin contención.

Sé que está ahí desde hace mucho, muchísimo. Contenida, consciente y sufriendo. Y sé que se vengará.

Esa peligrosa dualidad que me mata. Y esa doble moral también. Quizás miedo a que no me valoren como mujer si lo digo, por no hacer lo que hace el resto, que es disfrutar plenamente sin miedo, sin restricciones y sin vergüenzas o tabúes, pero sin decirlo. Creen que lo hacen libremente, pero no es real. Es un espejismo de dobles cartas. Te prejuzgan sin información. Con ella, te condenan.

Me siento como Dorian Gray, ahogándose dentro de su propio cuadro, con ese miedo a ser descubierta y ya no poder esconderme nunca más detrás de quien fui antes. O quizás sea el miedo a no poder seguir estando escondida para siempre. Miedos.

Conclusión: me siento sola.

No amigos. No pareja. No mascotas. Solita sola.

Mi vida tomó un camino diferente. La mayoría de mis amigos están con pareja estable desde hace muchos, muchos años o llevan menos tiempo, pero ya están casados o hacen como si lo estuvieran: niños, convivencia, cero salidas a no ser que sea algo súper especial, etc. Y ahora distancia.

¡Cómo cambia la vida! Cuando no sabes lo que es y cuando la estás viendo pasar. Esa gente que creías que estaba perdida y que ahora ves asentada. No somos quienes fuimos ni lo seremos.

Y yo, que nunca pensé que sería la diferente, que sería la que no encaja en el ritmo que te marca la sociedad o la que soy hoy. La que, por decisión propia, no quiere encajar porque no se conforma con lo que tienen los demás, aunque según mi signo astral es de lo más normal. Mi anormalidad es chupi. Soy exótica, pero anodina.

Acabo de cumplir cuarenta y me siento como si tuviera veinticinco. Eso tampoco creo que sea muy normal. Pero tengo mucha, mucha morriña, como dicen los gallegos, de aquellos años, de cuando creía que todo fluía como debía según las circunstancias, cuando no era consciente de que la vida pasa muy rápido y se encarga solita de ser barco y de llevar el timón. Sobre todo, de la inconsciencia de no ser eternos que tenemos cuando no sabemos absolutamente nada y creemos saberlo todo.

Las canciones me matan y me resucitan, como los olores. Sentimientos que permanecen inertes hasta que una chispa les devuelve lo que un día fueron y te hicieron sentir, olvidados por completo. Las fotos tienen el mismo efecto sobre mí, pero, como comentaba con alguien hoy en un chat, hay que saber leerlas.

No recuerdo la primera vez que entré en una app de citas, pero sí recuerdo la sensación de mercado de abastos que tuve. Todas esas fotos de hombres con poca ropa o con gafas de sol tratando de esconderse, por vergüenza a que los reconozcan los compis del curro o incluso los amigos, los propios o los de la ex. Practicando deportes imposibles de riesgo absoluto. No como navegar en la aplicación, totalmente controlado.

El barómetro es amplio. Hablo de perfiles de hombres entre treinta y cincuenta y cinco años. Un target amplio para un estudio de nivel. Cualquier experto estaría orgulloso de esa acotada muestra. Eso sí, decido acotar más: no deben estar muy lejos de mí en kilómetros, pero tampoco muy cerca, huyendo de creepy people. Y me gustan heteros, eso lo tengo claro. ¿O no?

Con un poco de suerte salen, aunque no puedo acotar entre los que están de paso y los que residen. También se me cuela alguna mujer, alguna pareja en busca de alguna chica para probar, alguna pareja de amigos que están de fin de semana o grupos enteros.

Las funciones de selección programadas en la aplicación se ejecutan con variable inexactitud. Los algoritmos esos juegan con tu fe, dicho queda.

Quizás es el mejor plan de marketing para hacerte pagar si quieres que realmente sirvan los filtros y aumentes tus probabilidades de acierto. Toda una ruleta rusa de experiencias que te absorben el tiempo libre y no tan libre que le dedicas.

Entre los cientos de perfiles que vas pasando para seleccionar los que sí y los que no, pasan los minutos, las horas. Me aburro. Me desespero de ver siempre las mismas caras. Ciudad pequeña, joder. Cambio parámetros. Otra vez.

Parece como si el destino insistiera para que encontrase de verdad a mi amor verdadero en ese hombre que sale una y otra vez, a pesar de mi negativa. Tantas veces como sale. Pero claro, queridísimo destino, es que no me interesa en absoluto este personaje. Ese tipo con sonrisa de medio lado, con pinta de tener más años que los que pone en el perfil, veterano de categoría premium, que te mira y te dan escalofríos solo de pensar que lo puedes tener enfrente tuya mirándote cual halcón. Más por pinta de baboso que por otra cosa. Y con esas fotos en las que está escondido detrás de unas gafas haciendo de hombre interesante de negocios o parapetado tras unas sombras en un juego absurdo y cutre de intentar cubrirse porque está desnudo… no ayuda nada de nada. Por no hablar de cuando deciden incluir la novedosa mascarilla. Por supuesto, querido destino, que va a ser que no. Que por muchas veces que me lo pongas delante, soy rebelde. Y asustona.

N-o l-o q-u-i-e-r-o v-e-r m-á-s.

He tenido conversaciones de todo tipo. Incluso haber tenido coincidencias y que, sin tener una conversación, de repente desaparezcan. Me han borrado. ¿Se han equivocado de pelirroja? Já. ¿Y si me borró yo? Borrarme…

Así que decido borrarme yo antes. Para seguir así…

Pues sí, me he borrado más veces de las que quiero recordar. Pero es que vuelvo a activarlo otra vez, pasado ya el efecto dominó que me provoca el soñoliento aburrimiento de la aplicación cuando no te da lo que tú quieres.

Cruzo los dedos y me digo: Erika, esta vez habrá suerte.

El amor en tiempos de COVID es amor líquido. Se diluye con mucha facilidad y tan rápidamente que no te da tiempo a deletrear el nombre del susodicho.

Pero es cuando todo fluye y te decides a añadirle a WhatsApp para seguir con el apareamiento…

Cuando te sobresalta la duda. Las dudas. ¿Él?

Lo que parecía un fuego de dimensiones catastróficas en el Amazonas dura menos que un chispazo del calentador. Fin del incendio.

De buenas a primeras, después de lo que parecía una conexión auténtica con ganas por ambas partes de más, después de intercambiar unas cuantas fotos para asegurarte de que realmente es la persona a quien le has dado match y unas cuantas conversaciones por audios, después, sin decir nada o explicar nada, el nuevo contacto desaparece. Ghosting lo llaman. Reconozco que, después de haberlo sufrido yo, también he caído en hacérselo a algún pobre. No soy perfecta. Aunque la sensación de alivio no compensa la de sentirse como una mala persona.

Siempre me pregunto si recibirían otra proposición mejor que la que ofertaba yo. O simplemente se asustaban, como yo.

Ley de oferta y demanda. Mercadeo de ilusión.

Sensación de apego y de vacío a la vez. Sensaciones muertas. ¿Esto es sentirse viva? Triste sociedad. Triste realidad. Yo no quiero esto.

Joder, hasta que te conocí a ti… y lo cambiaste TO-DO.

Pero antes de ti hubo otros. Solo por probar, ¿eh? Nada de enamorarse. Eso endeuda al corazón de por vida. Eso me decía yo constantemente. Erika, no pierdas el rumbo. Tú, al sur. Orientaré mis deseos nada más, no me implicaré. Nada de sentir. Solo fluiré. Solo será sexo.

No está el mundo de hoy en día para dejarse enamorar. Eso lo dejamos para las novelas y las series de la tele. Es un error, Erika. Así que, si hay que jugar, pues se juega. Juguemos.

Juguemos a eso pues. A eso, a lo real. Cero dramas, cero implicación.

No hay amor de nadie. A ver si así puedo al menos sentirme menos sola y más viva. Solo sexo. Fin. Sentía como que tenía que vengarme de ese marketing que me habían vendido de poder encontrar el amor. Venganza sexual.

¡Cuánto me equivoqué! Fui inocente hasta para pensar que solo sería solamente sexo contigo.

Fin de nada. Principio de algo.