Erika Moore - Acceso solo por invitación
Nunca me pude imaginar verme en una situación similar, ni en mis más recónditas fantasías. Mi máscara era espectacular, pero se queda corto describirla solamente así. Le debo mucho más que un gran adjetivo.
Mis ojos y nariz estaban cubiertos por el más impresionante antifaz que he visto nunca. Un alarde de poder y majestuosidad hecho a base de plumas de azabache. El estandarte de cada una era largo, suave —muy suave—, el tipo de textura que solo le puede ser conferida a una prenda cuando la procedencia de las piezas que la componen es completamente salvaje, sin ningún retoque humano, excepto el hecho de haber sido armada para su uso.
Las plumas que lo conformaban habían sido seleccionadas cuidadosamente por el portentoso aspecto que tenían. Ni juntas ni por separado resultaban indiferentes. Habían sido elegidas como parte de un juego pernicioso que tenía como único fin conferir a quien llevase puesta aquella careta un aspecto inquietante e intimidante para quien osara devolver la mirada con estupefacción.
Parecía que había sido buscado el mismo efecto que tienen con su singular mirada los búhos al mirar algo cuidadosamente. Un efecto realmente mágico, hipnotizador. Una expresión que te petrifica, que vira entre hacerte sentir dominado y observado, y ser completamente accesible. Que dice mucho más de ti —que eres el observado— que de ellos que realizan el escrutinio.
A ambos lados de la inolvidable máscara salían desplegadas las alas como si realmente mi portentosa ave estuviera en pleno vuelo. Era ligera y quedaba perfecta, anudada con un lazo de terciopelo a juego en mi nuca. Eso me obligaba a dejar suelta mi larga melena cobriza que, al contraste con el negro más puro, resultaba ser una combinación exuberante y muy llamativa. No iba a resultar nada fácil pasar inadvertida en la fiesta. Mi boca permanecía libre y perfectamente dibujada con una tonalidad afframbuesa a juego con mi ropa interior.
Un electrizante vestido verde botella de raso se ajustaba a cada curva de mi cuerpo. Mi espalda era sinuosamente descubierta por un doble escote en V que a la vez subrayaba mi prominente escote y dejaba ver con toda claridad mi marfil y pecosa piel, marcando mi estilo endiosado de esa noche de carnaval.
Los taconazos hacían de mí toda una musa para ser admirada y servir de posible inspiración para cualquier fantasía erótica. O así me sentía yo con todo aquel festín veneciano. Esa noche estaba destinada a romper algún que otro cuello y robar la tranquilidad de algún que otro espectador.
Mi señora Hyde interna se lo iba a pasar pipa toda la velada. Mi doctora Jekyll en cambio estaba en shock, sin saber qué esperar, cuando estaba acostumbrada a controlarlo todo.
La máscara de mi acompañante no se quedaba atrás en comparación. Aunque lo dejaba todo a la imaginación porque cubría al cien por cien de su rostro, resultaba inquietante. De color dorada, de aspecto sobrio y zonas más oscuras que le conferían un aire sumamente tétrico. Cuando menos era como un tesoro desempolvado de un gran zar ruso.
La mitad izquierda era de una tonalidad más clara, como si fuera más nueva y no hubiera hecho falta pulir porque la han conservado con sumo mimo. Estaba decorada con tanta delicadeza que resultaba una obra de arte. Un pincel bañado en negro había sido capaz de dibujar, guiado por una diestra mano, notas musicales bailando en pentagramas como si realmente se tratase de una partitura que desease ser representada mientras la miras con detenimiento. La parte derecha de la misma era de una tonalidad más oscura. Daba aspecto de ser mucho más antigua ya que la ensombrecían los relieves de hojas talladas que la decoraban como si se tratase de una pared que es engalanada y cubierta por una planta trepadora que la tiene bajo su total dominio. Encajaba perfectamente con su cara. No necesitaba de ataduras. Escalofriante.
Esta era la noche que llevaba en mi mente días, meses, años dando vueltas. Y hoy por fin sería un hecho. Iba a ir a una fiesta de intercambio, pero no a una cualquiera con sofás de sky en un antro cochambroso, sino a una fiesta muy pija. Una fiesta digna de paladares exquisitos, de esas que existen solo en los ambientes más elitistas y que nadie se para a pensar que son reales hasta que te ves envuelto en una invitación con letras en tinta negra hechas a base de sellos.
Lacradas en un sobre con un escudo, también negro.
El escudo tiene un relieve peculiar con forma de un árbol muy grande. Junto con sus raíces en relieve, su copa tremendamente frondosa con forma ovalada y su rígido y grueso tronco dan la sensación de compartir este secreto desde hace mucho, mucho tiempo. Los años de vida siempre referidos por la anchura del tronco es la prueba de que no me estoy equivocando al presuponer el alcance de estas "turbias concentraciones". Por la multitud de raíces que se distinguen y de que sea un secreto a voces en los más conservadores círculos de la sociedad de esta ciudad —los que realmente luego son los más depravados de puertas para adentro—, claro.
En el sobre figura una hora en la parte delantera. Dentro se encuentra escrita la temática. Ni una dirección, ni un nombre. Nada que pueda dar pistas a alguien que se encuentre por casualidad con la invitación. Solo vería un bonito sobre y papel de color ocre con tinta negra impregnada, de textura gruesa y tacto árido.
Elegante, precioso. Escandalosamente privativo.
No pude salir con mi máscara puesta. Me vendaron los ojos al entrar en el coche. Un Uber vino a recogernos al hotel. Allí me habían sorprendido cuando me citaron con el traje y la máscara. No fui consciente de dónde me estaba metiendo en ningún momento. La excitación bloqueaba cada pensamiento que fuera más allá de la curiosidad que me provocaba toda aquella disposición tan de película. Todo organizado al milímetro. Nada al azar. Apenas pude preguntar nada. Mi boca estaba seca ante tanta expectación. Y mi compañero de velada tampoco estaba muy a favor de desvelarme nada.
A Pablo lo conocí la noche anterior. Tuvimos una cita de lo más anodina. Nada reseñable, pero me tenía como loca con ese físico tan imponente suyo. Le hubiera dicho que sí a cualquier cosa. Y así lo hice. Le dije que sí cuando me propuso quedar en un hotel a las afueras con él y con la única intención de pasarlo bien sin límites. Hubiera estado loca si le hubiera dado un no por respuesta.
Cuando empezó todo a darme vueltas fue cuando me abrió la puerta de la habitación del hotel. Me lo encontré semidesnudo con una toalla enroscada a la cintura, despeinado de haberse duchado, y con un fuerte olor a perfume que impregnaba todo el pasillo. Era como seguir el sendero de baldosas amarillas de Oz.
Me quedé sin aliento. Sus canas le caían como bridas de plata por la piel morena que tenía. Le encantaba el kitesurf, me había dicho la tarde anterior frente a un helado de fresa. "Soy de gustos sencillos —según la cita que tuviera elegía un sabor u otro—". De eso me enteré después. Si la cita le gustaba pedía fresa, sino vainilla. Alguien más tenía que tener datos sobre la transición de esa cita, aunque no estuviera sentado con nosotros en ese momento. Eran colores que se distinguían bien a una relativa distancia.
Me estaban dando el visto bueno para permitirme ir a la fiesta. O mejor dicho, se lo estaban concediendo a él.
Pablo no era muy alto. Rondaba el 1,77, pero estaba fibrado y su expresión de no tomarse nada a broma le hacía más interesante aún. Sus labios eran carnosos y tenía una barba perfectamente perfilada pero corta, de unos pocos días. Curiosamente la barba era oscura. Contrastaba con sus mechones bicolor.
De potente pecho y grandes manos, apenas lucía vello y llevaba las uñas de los pies pintadas de negro. Já. Ese toque de rebeldía oculto para la gran mayoría me hizo sonreír maliciosa.
Pablo era un niño bien con una cuidada imagen, un exquisito vocabulario y un saber estar digno de un caballero inglés.
Cuando quise entrar en la habitación que habitaba él me negó con una sonrisa pícara mientras me daba una llave magnética y me indicaba con la cabeza la habitación de al lado.
—Tienes que cambiarte con lo que encuentres encima de la cama. Esperáme una vez que termines.
Estando sentada en el Uber me quedé pensando en el conductor. Estaría flipando, seguro. No tardamos mucho en llegar pero se me hizo eterno. Estaba impaciente.
Llegamos a una espectacular casa situada en una colina donde no había nada excepto la mansión, construida con detalles modernos de una extrema amplitud y con una grandiosa entrada sin apenas recorrido desde la carretera a la puerta. Otra cosa fue lo que nos encontramos cuando entramos al llamar al timbre. Nadie nos recibió. Entramos sin más a un pasillo oscuro con velas en el suelo que marcaban el camino a seguir. Las velas eran negras como el lacre del sobre y hacían un contraste demoledor con el suelo. Algo oscuro se avecinaba. O no.
Lo que menos me podía esperar era que Pablo me empujase contra la puerta una vez cerrada, me subiera el vestido con una mano mientras se lamía dos dedos y me los metía entre los muslos.
—Ábrete para mí —me ordenó.
Ojiplática me quedé. Sin pensar hice lo que me estaba pidiendo.
—Quiero tenerte mojada desde ya. Joder, ¡si estás súpercachonda ya!
—Llevo cachonda desde que llegué al hotel, pensando que ibas a follarme allí.
Sin apenas gesticular me deslizó un tirante del vestido, me sacó un pecho y comenzó a lamerlo despacio, con ansía me devoraba mientras me miraba. Su erección se empezó a notar en el smoking.
Se apretó contra mi muslo mientras sus dedos jugaban con mi vulva ardiente. Mi pecho descansaba en su boca y yo me dedicaba a gemir.
Nos sobresaltó el timbre.
Inmediatamente tiró de mí hacia un lateral de la entrada. Estábamos a oscuras. Solo distinguimos una sombra que se abrió paso con gran seguridad segundos después. Mi pecho seguía fuera del vestido. Yo tenía un ritmo descontrolado de respiración. Y Pablo empezó a susurrarme las ganas que tenía de follarme allí mismo, en ese momento. El tipo nos miró por un momento. Parecía que nos veía perfectamente. Se tocó por encima del pantalón su polla y se relamió al cerrar la puerta. La poca luz que había entrado del exterior me hizo consciente de cada detalle.
No podía dejar de mirarle. Llevaba una máscara con orejas puntiagudas. No sabría decir si era un lobo o un zorro. Todo ocurrió deprisa. El desconocido siguió el pasillo de velas y nosotros empezamos a devorarnos las bocas húmedas.
Pablo se sacó la polla del pantalón. Empezó a frotar el capullo contra mi clítoris que lo tenía abierto de par en par con una sola mano. Dirigía su polla como si fuera un barco a punto de atracar en puerto, mientras con la otra mano agarraba mi cuello y seguía embistiendo mi boca a lenguetazos ávidos de más. Solo pude dejarme ir y correrme. Él no. Me regaló ese polvazo para mi disfrute. Sentí en aquel momento que nos observaban aunque no veía a nadie cerca.
Pablo se guardó la erección con trabajo en el pantalón. Me miró y se lamió los dedos que habían entrado en mí. Me limpió la comisura de los labios, corrigió la parte de abajo de mi vestido —el que volvió a estar impecable—. E hizo el signo de silencio con su dedo índice encima de su potente boca.
Las máscaras no se habían movido de su sitio respectivos desde que nos las habíamos puesto al llegar dentro del coche.
Y empezamos a deambular por la casa como borrachos de sexo.
—Quiero que te dejes el tirante sin subir —me iba ordenando mientras andábamos—. Y que me des las bragas. No te las pongas. Las guardaré en mi bolsillo. Así cuando te vea jugar con otros solo tendré que olerlas para saber que me perteneces esta noche, solo a mí.
—¿Va a haber mucha gente? No sé si yo...
—No te preocupes. Solo si quieres te unes. Si no vuelve a mí. Ahora tengo que dejarte en la entrada de esta sala. Llama dos veces. Yo te espero al otro lado. Tú solo déjate llevar por lo que más te excite cuando entres.
—Vale.
Me temblaba el alma y me sudaba la entrepierna. Genial estaba descubriendo que todo aquello me ponía muy, muy cachonda.
Sin más se fue. Estábamos en la planta baja de aquella impresionante villa. Llegaba el olor del mar y menos mal que no había cenado nada porque estaba revuelta. La cabeza me iba a mil. Aún me palpitaba el coño del polvazo que me había echado Pablo y temblaba sin remedio.
El ambiente era húmedo. Había una densa bruma que envolvía la casa y la hacía algo siniestra.
Llamé dos veces.
—No te quedes ahí. Pasa, pasa, ave nocturna.
Mi maravillosa máscara de búho me hacía de pseudónimo. Acostumbrada a que se dirijan a mí por pelirroja, cuando no saben mi nombre se me hacía raro. Pero me gustaba estar escondida y a la vez tan expuesta.
Me abrumó aquella sala. Un piano al fondo negro, impecable, destacaba sobre todo y todos los que allí estaban. Era un fondo completamente blanco como un lienzo listo para ser usado. Se oían gemidos sin parar. Sonaba de fondo una melodía clásica pero no podía distinguirla. Me tenían excitada aquellos gemidos intensos y escuchar cómo habría gente que estaba follando sin que le importara nada más que ellos mismos.
Tan solo una silla ocupaba el centro de la sala. Sentada en ella una mujer despampanante me hacía señas con la mano para que me acercara más. La multitud estaba dispuesta en semicírculo dándome la espalda cuando entré. La estaban mirando a ella. Y lo que detrás de ella había.
Tenía una belleza de otra época. Se adivinaba sin secretos. Enseguida me vino a la cabeza la imagen de la gran Ava Gardner. Vestía un largo vestido negro de terciopelo palabra de honor. Un voluptuoso escote se asomaba por él y con el cruce de piernas tan espectacular que tenía asomaba por un corte diagonal una de sus largas piernas que terminaba en un tacón imposible de aguja.
Su máscara no podía ser más abrumadora. Como si de un chiste se tratara llevaba una máscara rojo carmesí de un bufón veneciano. El bufón lloraba lágrimas negras. Sus cinco cascabeles retumbaban en el sordo silencio de la sala mientras sus caracoles rubios le deslizaban por los hombros desnudos con cada movimiento calculado de su melena.
Imponía mucho. Y atraía por igual.
Su voz era grave, aguardentosa —era una de las pocas cosas que podía delatar su edad—. No era una niña. Rondaría los 50. Y vaya 50.
—Te hemos visto follar, todos. Así que niña no tengas ningún tipo de pudor. Aquí se viene a disfrutar —me espetó con una mirada lasciva e inquisitiva. Guau.
De repente el corro de gente se abrió y ante mí surgió una orgía. Sobre pieles de animales en el suelo desnudo estaban follando como si no hubiera un mañana hombres y mujeres con máscaras de diferente forma y color que componían la escena más morbosa que había podido ver en mi vida. Sus cuerpos parecían danzar sincronizados al ritmo de la música que empecé a distinguir de fondo. Era algo de Mozart, frenético. Juraría que era la archiconocida sinfonía 25. Empezó a subir de volumen, tanto que ya los gemidos los adivinabas porque no se escuchaba otra cosa que a Mozart.
Los presentes empezaron a dejar sus prendas al suelo. Yo hice lo mismo. Y tan solo con la máscara puesta empezaron a buscar zonas donde apoyarse para tocarse, besarse o follarse.
La anfitriona permaneció sentada sin inmutarse por nada. Tan solo me observaba.
Una vez que me quedé desnuda y empecé a desfilar por aquella tremenda habitación se levantó e vino hacia mí impetuosa y desafiante.
Me tomó entre sus manos los pechos y con un pellizco en cada pezón tiró de mí hasta que se pusieron duros como piedras. Empecé a notar que me estaba mojando los muslos. Ella se relamió.
Mi pecho subía y bajaba a toda velocidad y ella sonreía.
Mis manos querían tocarla. Se dirigían hacía ella sin apenas pensarlo. Me tenía fascinada. Quería saber si era real. De repente noté un manotazo en una de ellas. Y con mucha suavidad me la cogió entre las suyas y eligió uno de mis dedos y se lo llevó a la boca y comenzó a deleitarse mientras me miraba a través de la máscara. Suave y lento empezó a succionarlo como si se tratara de un manjar. La otra mano me la dirigió hacia el inicio de la apertura del vestido. Me hizo apartarla y dejar a la vista su monte de venus, frondoso como el árbol del sello. Y otra vez volvió a elegir otro dedo y lo adentró entre sus muslos. Mi boca se quedó abierta y me susurró muy cerca de mi oreja.
—Eres lo más excitante que he visto en la vida y ni siquiera sabes el poder que tienes.
De repente de mis entrañas salieron unas palabras que jamás imaginé que le diría a una mujer.
—Quiero que me folles. Tú.
Erika Moore
No es para todos. Nunca lo fue.
El acceso no se solicita.Se concede.
by invitation only
Acceso: info@erikamoore.es
© Erika Moore — Todos los derechos reservados