Erika Moore - Acceso solo por invitación

Quiero que estés impaciente por tenerme contra tu cuerpo, tocarme, olerme, lamerme, sentirme piel con piel, volvernos locos de pasión y sentir esa presión en el pecho de insatisfacción porque nunca es suficiente. Sentir que estamos hambrientos el uno del otro porque encajamos perfectamente como nunca lo habíamos hecho con nadie de esta forma tan especial.

Pero tú no estás.

Y a pesar de que no es sano, esta dependencia que no podemos controlar tampoco queremos parar. Sino que queremos seguir a pesar de todo y de todos, probando y probando. Ensayo, prueba y error. Necesito aplacar esto dentro de mí. Y decido quedar con otro. Firmemente me digo a mí misma que "el Comandante" paliará este desasosiego que me atormenta. Quizá creando otra tormenta pueda zanjar esta desazón que arde en mí.

No puedo parar de pensar en nuestra primera noche. En ese garito cutre y lleno a reventar, esa canción y el ritmo de tu cuerpo y tu polla dura a través de los vaqueros empujando mi culo sin parar una y otra vez mientras yo sudaba. No sé si por el ambiente tan sofocante o por la contención de todo lo que estabas provocando en mí. ¡Qué calor! Y ¿sabes qué? Que voy a replicar cada puta escena que vivimos juntos con él.

Recuerdo que en un intento por separarme de ti fui directa a por las copas. Me acerqué a la barra. Necesitaba pensar con claridad qué quería hacer contigo y qué no estaba dispuesta a arriesgar. La atracción que sentía era tan jodidamente poderosa que no me fiaba de mí misma. Y de verdad que necesitaba alejarme de ti un momento para poder pensar con claridad. Mis ganas decían muy claro lo que necesitaban con urgencia. Y vi la oportunidad perfecta en excusarme para pedir por los dos.

Pero me salió mal, mal, mal.

Conseguí justo lo contrario. Te acercaste más, mucho más que el resto de la velada. Viniste por detrás. No me di cuenta hasta que pegaste tu polla ya dura a mi culo y te empezaste a frotar. Al girarme vi el bar repleto, la gente agolpada en la barra como yo. Todo el mundo parecía hipnotizado por la música. Y tú, aprovechando la marabunta y bailando al ritmo de la puñetera canción de Kaleo conseguías con cada compás y con cada puñetero acorde de esa canción que recordaré de por vida hacerme más tuya.

Una concatenación de descargas se sucedieron en mí. Parecían no tener fin y me recorrían entera desde el clítoris hasta la punta del pelo o el dedo del pie, a saber. Eras tan intenso conmigo. Era todo tan intenso que me forcé a apretar los muslos para no sentir ese dolor tan placentero que sientes cuando te estás conteniendo con todo tu ser. Erika, no te corras así, así no, me repetía una y otra vez a mí misma.

Y esa maldita canción de fondo que resuena en mi coño aún: "We down we go". Sigue rebotando en cada hemisferio de mi coco como si fuera mi cabeza una maquinita de pinball. Buff.

La inclinación que tomó mi cuerpo sobre esa barra asquerosa, pringosa de mil chupitos y millones de copas era muy tentadora, lo reconozco. Sobre todo vistiendo esa minifálda vaquera que no me quedaba precisamente grande.

—Es que no llego —te decía yo con aire ingenuo mientras te miraba y sonreía tímidamente intentando justificar de alguna forma mi postura que era tan sexual que me hacía sentir poderosa. Era súper sensual. Era como si fuera una gatita en celo reclamando tu contacto. Me faltaba maullar. Miau. Miaaaaaaaaaaaaaaaaaau.

Mientras tú, venga a frotar tu polla contra mi culo. Y ahí solo podía pensar en que podríamos estar rodeados de gente pero que sería muy indecente que decidieras subir mi minifálda lo suficiente como para apartar mi tanga, bajarte la bragueta disimuladamente e introducir tu polla dura y desesperada en una de esas embestidas tan descaradas con las que me estabas castigando sin que nadie se pudiera percatar de nada. Sin desperdicio de segundos. Mi minifálda cada vez era más corta. Ya te estabas encargando de que así fuera.

De repente noté cómo, sin querer queriendo, entre los mil y un empujones que estábamos sufriendo por estar anclados esperando a un camarero, uno de tus dedos rozó la licra de la liga que unía uno de los panties con mi muslo. Descubriste el elástico con la suave mecida de mis caderas y eso sé que te puso como una moto. Se me erizaron hasta los pelos de la nuca al sentir tu agitadísima respiración. Te pegaste aún más a mi cuerpo. No sé si era físicamente posible a esas alturas y juraría que en ese preciso momento se desató esa mirada tuya que me enloquece y que ya conozco ahora tan bien. Profundamente oscura, casi siniestra. Y aunque seguía de espaldas a ti y no te veía adiviné ahora el turbio cambio de color que acababa de tomar tu mirada de ojos color chocolate para ser café.

Tu barba no paraba de hacerme cosquillas por todo el cuello. Al llevar ese top era muy fácil tener acceso a él. En las orejas y la cara me acariciaba. Sabías perfectamente la sensación que querías despertarme y alternabas un lado y otro para que mi espera inconsciente fuera una dulce condena, como dirían Los Rodríguez.

Yo carecía por completo de espacio personal. Aprisionada contra la barra contigo detrás era toda una proeza poder respirar. No podía concentrarme en nada excepto en tu cuerpo presionando el mío y mis ganas cada vez más urgentes y desesperadas de tenerte para mí sola.

Tú, cada vez que te acercabas a mí —cuando te hacía señas para escuchar mis vacías palabras, casi gritos más bien, aunque fueran en tu oído— me matabas en vida. Era una desesperada muestra de que la intimidad se estaba haciendo de rogar de una manera espectacular. Pero fue esa creo yo la clave de la mezcla perfecta: urgencia de excitación con jadeos incluidos en el ambiente sordo de la música a toda pastilla.

Esa fue nuestra tormenta perfecta. En ese instante lo supe. Había pasado mi vida entera esperando sentir algo así con alguien. Y ese alguien eras tú. Con "el Comandante" no fue ni de lejos como fue contigo aquella primera vez. Aunque viví ese morbo creado en esa atmósfera cínica que tanto me pone.

Fue esa oleada de esencias que se desprendían de tu caro perfume francés cuando te arrimabas las que atontaban y me inundaban los sentidos. Me quemaba la piel y traspasaba cada centímetro de mi ropa como si fuera algo radiactivo. Por dios, sí lo siento hasta en la punta de la lengua ahora mismo, joder. Quedó impregnado en mí al lamerte una y otra vez. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer noche. Y de nuevo ese enganche al recuerdo de esos roces inesperados pero muy calculados por tu parte de tu cuerpo contra el mío. Daba igual que solo fueran toques livianos en los brazos o una ligera presión de tus dedos en mi cintura. Lo tenías todo calculado. Tú no haces nada al azar. Ahora lo sé. En ese momento era tan ingenua, como cretina.

Así me pilló todo, súper desprevenida. Serás cabrón. Cada vez tengo más calor y de nuevo ese olor porque te acabas de girar en la cama. Por favor, muero porque me revientes otra vez sin parar. Y ese olor a ti tan personal, ahora en la almohada porque tu pelo y cada poro de tu piel lo emana por litros. Todo se vuelve turbio si la brisa de la ventana lo agita. No puedo evitar introducir un dedo en mí porque recuerdo que no estás y abro los ojos sobresaltada para mirar si sigues en la cama. Pero no eras tú quien ocupaba tu lugar.

Había sido una noche muy morbosa y excitante la primera de muchas con "el Comandante". Me sentía culpable por usarle para tapar tu agónica huida. Así que volvería a quedar con él. Quería esforzarme para borrar mis pecados.