Erika Moore - Acceso solo por invitación

Y ahora con este calor me paro a pensar en cómo surgen las cosas. Es algo bastante simple y complejo a la vez. Quizás si no hubiera visto a Edu aquella tarde del baño árabe, cuando estaba con Alberto, no hubiera empezado a delirar con la idea que me rondaba desde hacía mucho la cabeza y que nunca había hecho realidad.

¿Y sí...? No, no. Erika te va a decir que no. Seguro.

No creo que pueda estar interesado en algo así, pero ¿y sí? ¿Si?

Madre mía, con solo imaginármelo estoy mojada ya. Sin ningún tipo de expectativa le mandé un mensaje a Alberto que, como siempre con su dulzura habitual, me contestó. Y pensé en él porque, con sinceridad, de todos los hombres que habían pasado por mi vida hasta aquel momento, era el que más morbo me producía. La expresión de niño travieso junto con sus maneras de hombre me volvían loca. La manera de tomar la iniciativa, de entender lo que le pedía con mirarnos, era un lujo.

Alberto: "Cuando quieras y lo que quieras de mí, querida Erika. Cuenta conmigo para todo. Soy tuyo, ya. :D"

Erika: "Lo agendo todo y te cuento el plan."

Alberto: "Estoy como loco por verte otra vez y por meterte más ideas y otras cosas en esa cabecita tuya. Perfecto. Solo dime sitio y hora."

Busco en la agenda: Cabronazo. Y escribo sin pensar.

Erika: "Cabronazo, quiero verte y proponerte algo. Si aceptas, volveremos a follar."

Estaba nerviosa, no podía dejar de mirar el móvil. Joder, es posible que me ponga cachonda solo planteándolo. ¿Es posible? Ya estoy mojando el minishort que llevo puesto. Al no llevar nada más debajo es más evidente aún. Y como hace tanto calor necesito despegarme la tela del cuerpo ya, pero sin evitar tocarme. Lo necesito. Me urge. Mis labios están gruesos debajo de la tela y me gritan, me suplican que los frote. Jadeo de placer, de gusto, al notar la yema de mi dedo índice tramando el final de lo inevitable.

Gimo en silencio. Apenas sale mi voz de mi garganta. Estoy sudando. Hace mucho calor. Soy como un animal en celo. Me retuerzo en el sofá buscando mi placer lento, me deleito con el roce, con las caricias entre mis muslos. Mis manos comienzan el trance de la autocomplacencia. Y solo puedo imaginarme tu cara. Esa mirada salvaje dándome placer. Ese placer que no se parece a nada. Ese hambre de tu piel, de tu olor, tampoco se parece a nada. Quiero que seas tú y no yo quien introduzca los dedos dentro de mí, tanto que duela, buscando satisfacer mi ansia de sentir. Tu cara me persigue al cerrar los ojos. Tu mirada oscura y llena de pasión me trastoca y me corro sin control cuando siento más de un dedo dentro de mí, tal y como tú me enseñaste a hacérmelo.

Alquilé un precioso pisito muy moderno en un edificio nuevo del centro antiguo de la ciudad. Otra vez la dualidad, que me enloquece tanto.

Un fin de semana sería perfecto para lo que tenía en mente. Siendo el ático, tenía disponible una preciosa terraza decorada con un estilo muy zen y un precioso suelo de madera que le daba un aire de retiro asiático. Era regada por unas luces incrustadas en los bordes de la estancia. Alguna planta muy alta procuraba sombra junto con un toldo blanco inmaculado procurando un aire íntimo y acogedor. El jacuzzi que había en el lateral listo para usarse era la guinda del pastel. Y agitó cuando lo vi —más de un recuerdo con Alberto chorreando entre mis muslos—. Mis dedos recorrían la pantalla sin perder detalle de la habitación que ocupaba el espacio más grande después del gigantesco baño, el cual disponía de una ducha doble a ras de suelo con unas puertas de cristal inmaculadas. La sensación cuando lo mirabas desde la puerta —que es desde donde estaba hecha la fotografía de la aplicación de reservas— era que estabas mirando un spa de hotel de cinco estrellas en alguna isla perdida.

Cabronazo: "Dime dónde te veo."

Erika, respira. Erika, respira. 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7. Joder. Ha dicho que sí.

Erika: "Quedamos en el centro a las 20, el viernes, en la terraza de la última vez."

Cabronazo: "Allí estaré."

Erika: "¿No quieres saber qué quiero de ti?"

Cabronazo: "No te imaginas las ganas de follarte que tengo."

Perfecto. Estaba todo listo. Y yo otra vez cachonda como una perra.

Lo primero que hice fue quedar con Alberto, contarle mi proposición y cruzar los dedos para que no me mandara a tomar por culo.

Este hombre no deja de sorprenderme. La respuesta que tuvo fue totalmente inesperada. Soltó tal carcajada que me hizo estremecer. Le gustó la puesta en escena, la idea, la motivación y por supuesto sentirse deseado y elegido para ello.

Mientras iba a buscar al cabronazo a la terraza, Alberto permanecía en el apartamento con los flecos que yo no había terminado y bebiéndose un whisky reserva, muy caro.

No había ni rastro de él cuando llegué. Se iba a hacer de rogar. Cómo lo disfrutaba. Y yo inquieta, no.

Al borde del colapso. Me temblaba todo por volver a verle, por la proposición. No sabía si vendría realmente. Era muy capaz de dejarme compuesta y esperando. Lo que sí sabía era que le gustaba controlarlo todo, así que si venía me haría esperar hasta que él decidiera hacer la entrada triunfal y levantarme el castigo cual penitente.

Estaba acostumbrado a eso. Ser esperado, ser deseado y ser poderoso.

Alguien me agarró de la cintura por detrás. Tiró de mí y me hizo notar la dureza de la presión de un pantalón que se clavaba en mi cadera.

—Estoy así desde que me mandaste el puñetero mensajito y no puedo parar de pensar en lo que vi aquel día.

No me giré a mirarle. Sabía lo que me iba a encontrar y quería no ser tan predecible, para variar.

Le agarré de la mano y le hice seguirme hasta el portal. Ni una palabra durante el trayecto. Antes de entrar me coloqué entre él y el portón antiguo y enorme de madera trabajada que daba acceso al pasillo que nos llevaría hasta el ático en un moderno ascensor de cristales translúcidos que dejaban intuir el patio interior repleto de plantas que lo decoraban con ese toque tan del sur. Y sin miramientos le espeté en la cara el plan:

—Quiero que te folles a la persona que está esperándonos arriba. Quiero que lo hagas de la misma manera que me lo harías a mí. Lo voy a grabar todo. Voy a dar las órdenes yo. Vais a estar constantemente observados por mí. Y solo por mí. No hay nadie más que nosotros tres. No quiero perderme nada. Quiero que os dejéis llevar como si la otra persona fuera yo.

—Vamos.

—Después te voy a reventar ese culito de diosa que tienes. Ñam.

Y con ese ruido tan de dibujo animado que me acababa de hacer para dar por finalizada la conversación nos adentramos en el portal.

—Joder, Edu. Ahora no.

Mis bragas se expandieron como si fueran de un material barato al paso por su tacto salvaje. Las ultrajó mientras me aprisionaba contra las puertas del ascensor y subíamos. De espaldas a él me sujetó la cabeza contra el cristal frío y hundió dos de sus dedos en mí.

—Dios, qué rico. Estás tan mojada como cuando te rocé en aquel baño el coño por primera vez.

Las puertas se abrieron al llegar al destino que habíamos pulsado. Y Edu me arregló la falda por detrás mientras se chupaba los dedos juguetones.

Odiaba a este tío. Que no podía comportarse de una manera cívica bajo ningún contexto conmigo. Era lo más soberbio y lo más jodidamente atrayente que había conocido nunca. Y yo parecía una abejita más rondando el panal cuando estaba cerca de tan semejante cuerpo. Qué asco. Qué cerda me pone el cabronazo este y cómo sabe usarlo.

Abrí la puerta y nos encaminamos directos a la terraza donde nos esperaba Alberto dentro del jacuzzi, meciendo un vaso con algo de líquido en el interior. Tenía una mirada curiosa, chispeante. Creo que se había bebido más de uno de aquellos vasos. Su sonrisa inundaba e iluminaba más que cualquier otra luz que hubiera encendida.

Qué guapo era. Parecía sacado de una serie americana de los noventa. Tenía unos dientes perfectos y engatusaba solo con gesticular un poco.

No podían ser más distintos entre ellos, pero ambos parecían sacados del Olimpo. Uno moreno, el otro rubio. Uno más musculoso, el otro más fibrado. Uno más tímido y el otro el descaro hecho persona. Los dos exageradamente viriles, muy altos y con unas manos enormes. Creo que ya sé decir, si me preguntan, qué me gusta en un hombre.

No hace falta que diga que los dos se saludaron educadamente sin perder la compustura en ningún caso. Se miraban como dos ciervos a punto de embestirse con la cornamenta en la época de la berrea. Me divertía bastante la situación.

Edu comenzó a desvestirse y a dejar su ropa en uno de los puffs de la terraza.

Se quedó completamente desnudo, se fue hasta la mesita donde había dejado el whisky Alberto y cogió la botella del cuello.

Se metió en el jacuzzi mientras me miraba.

—Siri, reproduce la playlist —dije nerviosa.

Comenzó a sonar "Cry Little Sister" versionado por Marilyn Manson. Espectacular comienzo de la tarde, pensé. Ya sois míos. Los dos.