Erika Moore - Acceso solo por invitación
Nunca sabes cómo te va a sorprender una cita. Me estoy acordando de Alberto mientras escucho a Agoney cantando "Edén".
Con su 1,90, seguro de sí mismo, con esa mirada traviesa entre esos gruesos labios marcados por una barba perfecta. Rubio, muy viril. Acentuaba el color del pelo, más si cabe, esos reflejos causados por el sol, por pasar muchas horas disfrutando de la libertad en el mar. Clamaba su potente físico, atención femenina y masculina a su paso. Incapaz de mantenerse serio, deslumbraba con una espectacular sonrisa pícara y sincera. Era lo que más definía a Alberto: su maravillosa sonrisa. Lo conseguía iluminar todo. Su flequillo le caía sobre los ojos jugando con su paciencia, lo llevaba algo más largo que de costumbre por las fotos que me había mandado, y se lo intentaba domar. Desconocía las fronteras eróticas.
Al verle sentado con una pose muy masculina esperándome, se me cayeron las bragas.
Y eso que llevaba unas gafas oscuras que no dejaban intuir su mirada. Cruzaba una de sus largas piernas sobre la rodilla de la otra, mientras daba sorbos a un tercio de cerveza que había pedido. Mientras nervioso, frotaba su dedo índice por la pantalla del móvil, parecía dibujar en él. Me provocaba escalofríos tan solo pensar cómo podía ser el roce de su rubia barba contra mis muslos. Con la mano se frotaba el bigote intranquilo. Bien, no era la única nerviosa.
Las gafas de sol ocultaban sus profundos ojos azulados, pero no podría haber sido más provocador ocultándolos. Supimos inmediatamente que nos atraíamos y no prolongamos mucho las ganas de ponernos piel al coincidir en la app.
Su olor, al acercarme, era cada vez más intenso. A mis pies miró la primera vez y fue recorriendo mi cuerpo por encima de aquella montura de las Rayban de abajo a arriba. Por dios, juro que nadie me había escrutado así. Me clamó mi entrepierna. Me sentía como un postre en un mostrador, esperando a ser elegida para hincarme el diente. Ganas.
¡Y encima se estaba relamiendo al mirarme! No puede ser. No sé si lo suyo fue consciente o no, pero yo me mordí el labio, queriendo.
Era eso o morderle a él.
—¿Llevas mucho esperándome? —le espeté sin pensar.
—Creo que toda una vida, bombón —sonrió. Mis bragas hacían caída libre solas, sin ayuda.
Me contestó zalamero con esa voz —era cálida y varonil con un ligero toque andaluz—. Y empecé a mojarme. Se levantó de la silla y me cogió la mano y se la acercó a los labios, aún húmedos de la rubia que había degustado. Mi expresión le debió hacer gracia y levantó una ceja, juguetón. Sus manos eran grandes y poderosas, ofrecían seguridad y abismo. Largos dedos. Mmmmm.
—No me gusta perder los modales, jamás con una señorita. ¿Nos vamos ya o quieres tomar algo?
—Me tomaré algo, por favor. Vengo muerta de sed, hace muchísimo calor. Pero quiero algo caliente para bajar la temperatura, y no al revés. Mi cuerpo funciona así. Voy al revés de todo.
Menos mal que contesté eso y no algo como: "Te tomaré a ti, aquí".
Saboreando cada sorbo de mi humeante café, mientras me contaba a qué se dedicaba y cómo era su día a día, me deleitaba en su físico. Era un hombre realmente guapo, sobre todo por la actitud que tenía y los gestos que traducían un lenguaje sin palabras abrumador y excitante.
Me gustaba dilatar sus ganas mientras leía en él que eran mutuas. Esas ganas de follarnos, de comernos, de deleitarnos. Me excita excitar y me provoca mucho el juego previo. Y creo que Alberto es de los míos.
Teníamos una cita un tanto peculiar. Quedamos en ir a unos baños árabes privados. Y ambos estábamos con ganas de rozarnos. Se notaba en el ambiente. Hacía muchísimo calor ese verano y había una tensión muy poderosa entre ambos cuerpos que no ayudaba.
Su silla cada vez se movía más hacia la mía, y yo no dejaba de frotarme contra mi respaldo. La tensión se incrementaba por momentos. El hambre nos estaba pidiendo ser complacido. Habíamos hecho un trato cuando quedamos y organizamos el encuentro: debía ser un sitio semipúblico porque no queríamos follarnos, sino probarnos. Excitar nuestras ganas de aguantar, llevarnos a lo máximo posible. Esas ganas que turban la mente, esas ganas de no poder hacer lo que ambos deseábamos y que sabíamos que eran mutuas. ¿Hay mayor excitación que querer y no poder?
Los baños eran espectacularmente silenciosos. Se podía percibir el eco del agua de unos a otros y la luz indirecta hacía que todo fuera muy morboso. Se intuía a la gente pero no se veía a nadie. Los baños tenían dos partes: una más vip donde podíamos ir desnudos y otra menos exhibicionista. Adivina dónde íbamos a ir nosotros. Fácil, ¿no? Excitación máxima. Increscendo.
El olor era denso y sugería mezcla de especias y aceites esenciales. Las velas encerradas en los cobres y antiquísimos portavelas turcos competían con el cristal de murano de las lámparas de colores tierra y azul que decoraban la sala que nos había tocado. Era como transportarte miles de años atrás.
El ruido del agua cayendo y fluyendo ensordecía cualquier atisbo de música que pudiera haber de fondo. El suelo de aquella enorme piscina de mármol blanco era, gracias al juego de luces de dentro, un turquesa hipnotizante. El sello arabesco que rendía homenaje en el centro al logo del local era de un bellísimo dorado envejecido. Y todo aquel esplendor recordaba a tiempos en los que la simple idea de follar, o atravesar aquella corriente de temperaturas sofocantes con las curvas del cuerpo femenino completamente desnudo sin nada que lo cubriera, rendido al placer de las caricias del agua caliente dentro de aquella nítida piscina, sería castigado con dios sabe qué.
Seguimos en ascendente con el morbo del sitio, con el de Alberto mirando mi cuerpo desnudarse, y con el ambiente tan espectacular de aquella escena.
De película. No podía haber sido más acertado el plan. Estaba muy excitada.
Señores y señoras, acomódense en sus butacas. A punto está de comenzar la sesión golfa.
El cuerpo de Alberto era pecado. Tenía cada músculo marcado como si se tratara de un sendero para recorrer con mis dulces y pequeños labios con alevosía, con arrogancia y con calma, y así deslizarme por su piel hasta retarle. Su mirada me devoraba, pero no fue nada en comparación a lo que haría con su boca, él, después.
Nos desnudamos del todo mientras nos mirábamos, sin parpadear, sin titubear, como si fuera lo más normal del mundo. Como si lo hubiéramos hecho mil veces antes.
Sin pudor y con prisas.
Fue el primero en descender por la escalera de tres peldaños que nos separaba de aquel placer tan mundano como era el agua tibia.
Mientras él se mojaba poco a poco cada brazo dejando chorrear el agua por sus largos dedos, yo me introducía en el agua sin poder dejar de mirarle. Mi cuerpo se desplazaba solo, como embrujado por el imán de Alberto.
Ni un momento pude apartar mi vista de su polla. Duro, duro, duro estaba. Esperando, aguantando.
A través del agua se podía ver todo más claro. Además, el efecto lupa era muy divertido. ¡Vivan las ópticas y las matemáticas! Cómo juegan con las luces y las sombras, cómo juegan con mis ganas de él. Calor.
A cada paso mío hacia él, él retrocedía otro.
Llegó al borde opuesto, andando hacia atrás desde donde habíamos empezado. Pegaba su cintura en el borde y apoyó sus codos, esperando a que yo llegase. Ahora el que se derretía era Alberto. Creo que él tampoco podía o quería perderse nada del espectáculo. Es de esas cosas que estás seguro de querer recordar de por vida. Así que aprovechas cada segundo para memorizar cada detalle.
Me hice de rogar, dilaté mi pasillo hacia él. Me fui recogiendo cada mechón cobre como pude, todos los que me resbalaban por el cuello con una pinza. Esa maldita humedad era muy incómoda, así que creí que encontraría algo de tregua paliándola con un vano esfuerzo que no fue recompensado. Ya que no tuvo piedad mi erótico Alberto. Cuando llegué hasta él, con uno de sus largos dedos comenzó a jugar y a enrollarse mis bucles mojados de una manera súper sensual entre sus dedos. Más calor.
Se había adelantado un paso para acercarme más rápido. No estaba teniendo la paciencia que creía poseer. Y empezó a atraerme hacia él, tirando de mi pelo con sumo cuidado. Cada tirón era más fuerte. Mi cuerpo ya rozaba el suyo. Podía sentir su aliento. Su erección me empujaba el vientre. Y su otra mano acariciaba mi culo tan despacio que dolía.
Comenzó a besarme el cuello, hacía el mismo recorrido que aquel mechón que había llamado su atención desde el principio. Mi oreja, mi cara. Su lengua caliente, húmeda. Su cuerpo contra el mío.
De repente se detuvo. Abrí los ojos y mi mirada se encontró con aquellos ojos que desbordaban pasión y se habían vuelto más intensos y más azules. No dijo nada. Tan solo aprovechó para recorrer mis facciones con sus manos, apreciando cada pliegue, cada curva, con mucha suavidad y muy lentamente. Me sujetó entre sus manos la cara y me mordió el labio inferior. Fue el mordisco más erótico de la historia del Hammam.
A partir de ahí nuestras lenguas no dieron paz a la guerra de nuestras bocas. Iba a haber bajas y muertes y nadie estaba preparado, pero ya no había marcha atrás posible.
Su mirada se me clavaba cada vez más al besarme con los ojos abiertos. Junto con su polla era lo más ardiente de toda la sala.
Mis dedos empezaron a acariciar el inicio del capullo tan despacio como él lo hacía con mi nalga izquierda. Con mi mano libre empecé a acariciar su barba, los bordes redondos que le hacían aparentar más edad. La suavidad de aquel vello, denso y corto que le dibujaba una angulosa mandíbula, me volvía loca. Dejé de besarle para mirarle más. Le miraba mientras no dejaba de rozarle. Le miraba y pensaba en lo mucho que me atraía todo de él. El poder de las caricias se iba volviendo una puta locura. Era como si alguien hubiera apretado el slowmotion. Todo era como a cámara lenta. Era maravilloso.
Estábamos disfrutando de cada roce involuntario de nuestros cuerpos, de cada vibración provocada intencionadamente. De nuestros jadeos y gemidos.
Era lo más sensual, morboso, erótico, libidinoso y terrenal que había vivido nunca. Me sentía tan viva entre sus manos que debía ser pecado.
No sé cuánto tiempo transcurrió. Lo único que sé es que no iba a aguantar sin follarme a Alberto en cualquier rincón de aquella sala mucho más. A la mierda el pacto, a la mierda todo.
Apenas hablamos mientras estuvimos en el agua. Solo nos escuchábamos las respiraciones: alteradas, acompasadas, descontroladas. Solo nos mirábamos. Nuestros cuerpos hablaban por nuestras lenguas. Mis dedos iban uno a uno paseando por mi boca, tentando a los suyos a hacer lo mismo. Éramos como un espejo el uno del otro.
Él repetía lo que yo hacía y viceversa. Era un juego de poder enmascarado. Un perfecto duelo con heridas que lamer y cicatrices que curar.
Sus dedos en mi boca, mis dedos en la suya. Mis manos en su polla, sus manos en mi cuello. Mi pie enroscado en su gémelo, su potente pierna abriendo mis muslos de par en par. Su boca en mi espalda, mi cintura en su vientre. Mi culo contra su polla dura. Mis manos en su culo y sus manos en mis tetas.
Empezamos a jadear. Sus ruidos eran en mi oído un vibrador tan potente que notaba cómo me contraía de placer cada vez que sentía su respiración cerca de mi cuello. Este tío me pone muy cerda.
—No puedo más —lo dije como pude. Creo que ni vocalizé.
Mi garganta estaba seca. Y mi cuerpo empapado.
—No quiero que termine esto —me gimió en el cuello.
—Fóllame aquí, Alberto. Ahora. Ya. Por favor —le rogué. Ordené. Supliqué. Imploré. Exigí.
Estaba tan descontrolada que todo me daba igual. Quién pudiera estar viendo nuestro show privado. Quién pudiera estar grabándolo en su mente para luego masturbarse. Quién pudiera oírme suplicar.
Todo me daba igual. Estaba extasiada con su tacto, con su olor, con su belleza, con su exquisito trato. Estaba completamente entregada a él.
En ese momento me dio la vuelta, me empujó contra el borde de la piscina y abrió mi culo con una mano mientras con la otra abría mi clítoris. Me encogí cuando le sentí empalmarme. Apoyé mis manos en el bordillo. Mis tetas caían rozando ligeramente la superficie del agua, como si le hiciera un favor a Alberto a falta de más manos. Me excitaba ese leve contacto con el agua. Mis pezones se endurecían por segundos, parecían pedir permiso para quedarse.
No tardó ni dos minutos en empezar a bailarme entre los muslos con el ritmo que parecía tener el goteo de la fuente que teníamos allí. Vaya manera de follar. Cogió tal ritmo que no iba a aguantar nada en correrme. No quería aguantarme la verdad. Solo quería irme a otro mundo, pero con él.
Entre sus manos estaban mis caderas pidiendo más. Tenían vida propia. Se mecían buscando su polla dura. Y sus besos por mi espalda me hacían estremecer de gusto. Mmmmm. Escenón.
—Si te corres ahora, tendrás premio, preciosa. Porque yo no aguanto más. ¡¡¡Dios!!! —gritó—. ¿Cómo me puedes poner tan verraco mientras te follo? ¡¡¡Dios!!!
Me saqué la polla dura y palpitante, a punto de reventar de mi interior. Me giré para mirarle y mientras le miraba a los ojos —de un azul mar revuelto indescriptible hasta para los mejores marinos—, empecé a alejarme de él y a acercarme a la escalera.
Sus pasos eran descomunales, incluso agresivos. Me miraba con estupefacción y deseo incontrolable. Apenas se apreciaba la lucha contra el agua que ejercía su cuerpo para no perder mi contacto. Cuando quise darme la vuelta, le tenía detrás de mí otra vez.
Esta vez me giró sin tanta delicadeza. Me quería mirar a los ojos, me dijo. Pero lo que quería era verse reflejado en mis pupilas. Quería ver su poder sobre mí. Quería sentirse el amo y señor de mi cuerpo. Quería seguir follándome sabiendo que era él el único responsable de todo mi placer. Y así lo hizo.
Se sentó en un escalón y me sentó encima de él. Piel con piel. Comencé a cabalgarle. Sus manos estaban en mis tetas. Se las ponía en la boca para reventar mis pezones contra su lengua, contra sus dientes. Mis manos agarraban su cuello buscando mi placer y viendo la excitación en sus ojos. Me corrí otra vez sin pedir permiso, sin esperarle. Con prisa por hacerlo mío otra vez. Ese orgasmo no era esperado. Iba mucho más allá. Era desesperadamente ansiado y fue largo. Tanto que convulsionó cada extremidad de mi pequeño cuerpo. Mis vibraciones no le dejaron indiferente. Porque cuando Alberto notó cada espasmo desatado no pudo dejar de correrse con aullidos como si fuera el lobo de Caperucita, devorándola en el frenesí de la luna llena.
Mi cita hubiera terminado ahí de no ser porque no estuvimos solos durante aquel polvazo. Había alguien más que me miró embeleso y se quedó petrificado al ver que yo le había reconocido detrás de aquella columna.
Cuando salí de la piscina y le dije a Alberto que nos viéramos fuera, me dirigí donde le había visto. Estaba empalmado con una toalla anudada en la cintura y no dejaba de tocarse el pelo nervioso.
—¿Qué es lo que más te ha gustado? —me preguntó en un tono altivo pero cortés.
—No me gusta que me espíen sin mi permiso. Y ese tío que has visto no me gusta. Me pone súper cachonda. Y sí, me folla mejor que tú.
—Al menos pide permiso para follarme el culo —y me di media vuelta para irme.
En ese momento me cogió del codo. Abrumado por la situación al ser descubierto y reconocido, me frenó en seco. Antes de poder zafarme de él, se acercó a mi oreja y me dijo:
—Quiero follarte mil veces más, Erika. Quiero que me supliques como has hecho con él. Quiero verte follar con otros. Quiero que seas mi dueña, la dueña de mi placer. Quiero tus arcadas cuando te follas mi polla. Te quiero para mí. Mía.
—Tengo prisa. Adiós, Edu.
Erika Moore
No es para todos. Nunca lo fue.
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