Erika Moore - Acceso solo por invitación
El segundo encuentro con Edu fue todavía más eléctrico y me dio miedo. Quedamos en encontrarnos en otra cafetería. Otra vez, sí. Me gusta ese olor, ¿qué le hago? Pero esta vez estaba sentado en la terraza cuando yo llegué. Soy siempre súper puntual. No sé cuánto tiempo llevaría allí sentado con la mirada perdida entre la multitud. Era verano y la ciudad rebosaba bullicio y humedad.
Llevaba puesto un pantalón corto rojo, holgado y fresquito, y una camiseta blanca. Parecía un jodido anuncio de algún perfume caro. Le faltaba la Riviera Francesa de fondo. El pelo cuidadosamente despeinado hacia un lado y desprendía ese olor embriagador, fuerte, amaderado con un toque a cuero. Me hizo sentir como abeja revoloteando en la miel.
—Buenas tardes. Disculpa, ¿llevas mucho esperándome? —le dije coqueta.
—Mucho, no paro de contar los minutos desde que te vi con mi polla en esa boquita tuya. —Y pum, mis bragas en el suelo—. Continuó sin dejar de mirarme diciendo—. Quién me iba a decir a mí que iba a ser yo quien iba a desvirgar ese bonito y redondo culito tuyo.
Ni parpadeé. A lo que él mismo continuó rellenando mi silencio.
—Nadie mejor que yo, claro. Y bien, dime: ¿recuperada ya? Debo pedirte que disculpes mis formas, tan crudas. Normalmente el desvirgamiento se realiza paso a paso con tacto y mucho lubricante. Pero es que no sé qué tienes que me pones a tres mil. Muy, muy bruto, muy cerdo cada vez que te veo.
—Y tú a mí muy cerda —por fin pude soltar, no sin tartamudear de la excitación que me provocaba tenerle enfrente.
—Es un morbazo absoluto que tú, siendo tan fina, te pongas así de soez. Me excita mucho más.
Risita tonta de Erika.
—¿Por qué hemos quedado aquí? —pregunté. Esta vez no fui yo quien eligió ubicación aunque hubiera accedido a cualquier sitio.
—Porque me gustaría que me masturbaras delante de todo el mundo ahora mismo, sentaditos aquí fuera.
—¿En esta terraza? —me dejó sin saliva.
—Ya te comenté que me gusta el sexo kink. Bienvenida a mi mundo.
Creo que dejé de respirar.
No. Confirmo: dejé de respirar.
Joder, empecé a mojarme.
Me miraba y relamiéndose empezó a frotarse por encima del pantalón con brusquedad. Estaba sentado sobre uno de los tablones que hacían de asiento de la mesa de la terraza de madera en la que estábamos ambos. Apoyado contra la pared pero medio girado hacia mí y con una rodilla doblada encima del banco dejaba ver la punta del capullo asomarse. El tío no llevaba calzoncillos. Iba en comando. Pero por dios, ¿cómo podía ir con todo eso suelto por ahí? Joder, qué calor. Joder, qué guarrada más guarra. Joder, cómo me gustaba.
Estaba duro, mucho, y sus pezones se marcaban en aquella camiseta blanca de marca. Parte del vello de su pecho sobresalía por el cuello de la prenda y varias gotas de sudor caían por su cuello en esa dirección. Otra vez esa imagen suya. Flashback al baño.
Quería lamerlo. Quería ir despacio y poco a poco quitándole cada gota como una gatita tomándose su leche. Quería lamer cada gota que se aflojaba resbalando por su tostada piel. Sentía entre mis muslos esa presión que ya conocía y que me hacía frotarlos entre sí para intentar disimularlo. De forma inconsciente me movía inquieta en el banco tanto que se sonreía pícaro.
—¿Incómoda?
—Mucho —contesté para mí. Quería despelotarme, joder, y de paso despelotarlo ahí mismo a él también y sentarme en su regazo a cabalgarle sin prisa y disfrutando cada movimiento de mis caderas.
Me estaba mordiendo el labio inferior inconcientemente para hacer lo posible para despertarme de aquella visión tan perfecta que era observarle e imaginarme como una profesional de la doma ecuestre.
Pasó su brazo derecho por mi cintura atrayéndome hacia sí, olisqueando mi cuello como un perro y lamiendo el lóbulo de mi oreja. Se metió el pendiente en la boca con succión. Me voy a correr.
Y ya estaba mi mano otra vez en su polla. Otra vez. Pero a ver, Erika: control, control.
Me dejé caer sobre el borde de la mesa con un codo apoyado y girada hacia él. Solo podía mirarle a esos ojos azul acero casi negros en aquel momento y ordeñarlo con mis dedos juguetones. Despacio empecé. Y conforme su sonrisa se ampliaba más fuerte y más rápido lo hacía yo.
Giré mi cabeza hacia el lado opuesto al que estaba él para poder observar si había alguien percatándose de la escenita que estábamos dando. Sentía unos ojos en la nuca. Tan solo una pareja de ancianos nos miraba con curiosidad desde su mesa. La mesa quedaba en línea con la nuestra así que imaginé que no podían ver mucho por causa de la perspectiva y la edad. Me relajé.
Noté su mano por debajo de mi voluptuosa falda larga veraniega de bonitos colores fluorescentes. Ya no era larga. Estaba hecha un burrunto por encima de uno de mis muslos. Aún seguía tapando el otro.
Mi piel agradecía la brisa que la rozaba. Y su tacto, sobre todo su tacto. Me quedé con una sensación de orfandad la última vez que estuve con Edu que no sabía explicar hasta hoy cuando volví esa tarde a sentir su tacto sobre mí.
La piel de mis muslos, de los dos, estaba de gallina. Efecto espejo absoluto. Sintiendo cada caricia según iba deslizando su dedo índice primero por mi muslo que en una reacción instintiva estaba completamente abierto y separado de mi otra pierna y pegadísimo al suyo dejando acceso ilimitado a su voluntad. Su dedo seguía buscando más allá pero iba lento para la velocidad que yo deseaba aunque iba decidido sin necesidad de brújula. Dirección hacia mi volcán. Noté cómo mis labios estaban deseosos de su llegada y cómo mi vagina se contraía con una cantidad de descargas desmedidas por la sobreexcitación de sentirme en ese momento tan deseada por él y tan exclusivamente suya.
Las mujeres que paseaban por la acera, ya fueran jóvenes o mayores, se giraban a mirarle. Era impresionante cómo despertaba en todas nosotras ese imán interno que te hacía desearlo salvajemente entre tus muslos y considerarte ganadora del premio gordo si solo te devolvía la mirada. Los hombres no eran tan descarados.
Que estuviéramos a la vista de todos y que nadie notase nada todavía incrementaba más la excitación de ambos. Otra primera vez para recordar. Siempre había pensado en lo excitante que sería una situación similar pero nunca había tenido un compañero de juegos con esta complicidad. Todos los hombres con los que había estado de proponerles algo similar me habrían tomado por enferma seguro. Todos fueron tan, tan encorsetados con sus gustos sencillos.
Así estaba yo. Extasiada.
Me iba a correr. No tardando mucho estaba tan mojada. Esta vez no llevaba bragas. Su expresión al notarlo no pudo ser más evidente. Se acercó a mi boca y hundió su lengua hasta dar con la mía que estaba seca y juguetona. Fue un beso intenso y afortunadamente muy húmedo. Mientras yo chorreaba por mis muslos. Mi clítoris palpitaba todo gordito por el contacto de ese dedo que de pronto se convirtió en dos. No, fueron tres. Uno a cada lado de mis labios y el tercero, el dedo corazón lo dejó para provocarme el éxtasis final. Mis caderas temblaban. Mi orgasmo se acercaba más y más con calambres por la postura a cada toque.
Pero yo no quería soltar mi bastión de poder. No iba a ser la primera en correrme. Iba a ser yo la que le hiciera correrse a él y no al revés. Sería yo quien lo consiguiera. Hice caer algo que no existía al suelo. Perfecta coartada para agacharme hasta sus muslos, hasta tocar la punta de su polla que permanecía dura aunque ahora supuraba néctar. Y poder su poder que inmediatamente le arrebaté con la punta de mi lengua como si estuviera lamiendo un poco de helado al derramarse en el pantalón.
—Uy —exclamé mirándole todavía agachada—. Perdón, creía que no te importaría que rebañase esto. No quiero que se desperdicie ni una gota.
—Joder, nena. Qué puta eres. Me encanta verte disfrutar tanto. Me voy a correr ya. No puedo más.
Objetivo cumplido, Erika. Ya es tuyo.
Me agaché otra vez esta vez. Succioné un par de veces mientras sacudía con vigor el capullo.
Me comió el cuello mientras se corría y me introducía los tres dedos en el coño. No se movió hasta que me corrí. Un escalofrío recorrió mi espalda y me cortó la respiración. Una corrida espectacular ahogada en el dorso de mi mano.
No llegamos a pedir nada en la cafetería. Había tal número de personas dentro del local peleándose por una mesa con aire acondicionado que ningún camarero estuvo pendiente de nosotros. Así que nos levantamos y nos fuimos.
Edu iba andando y goteando por la pierna toda su leche y le daba igual. Me agarró de la mano, tiró de mí, me empujó hacia una pared en un portal y me metió la lengua hasta la campanilla. Tenía sed de mí.
Su casa estaba cerca. Y nos dirigimos hacia allí. Yo también ansiaba más.
Erika Moore
No es para todos. Nunca lo fue.
El acceso no se solicita.Se concede.
by invitation only
Acceso: info@erikamoore.es
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