Erika Moore - Acceso solo por invitación
Y empiezo a tocarme, lento, poco a poco, suspirando entre silencios sordos, sintiendo cada una de mis yemas por mi blanca, suave y pecosa piel. Una caricia sin retorno que va erizando a su paso, sinuosa, el camino a mis voluminosos pechos. Cada dedo que deslizo es un recuerdo tuyo que se me cruza, me pinza el bajo vientre y hace endurecer mis rosados pezones. Me empiezo a humedecer. Siento que empiezo a estar incómoda con las palpitaciones que se van despertando en mí. Quiero cambiar de postura, pero no puedo, no quiero despertarte. Siento tu respiración y me acaloro más. Quiero abrazarme a ti, respirar tu piel, inhalar tu respiración, tocar, rozar, sentir tus manías, lamer tus cicatrices, atender con desesperación tus órdenes, esas que me susurrabas anoche sin clemencia.
Quiero que sientas cómo soy contigo. Quiero que sepas que eres el primero en hacerme sentir así. Estoy desesperada ahora, enrollada en tus sábanas, siendo un satélite de tu cosmos, de tu cuerpo, de tus vibraciones. Quiero saber si disfrutarías otra vez de todo lo que hicimos anoche y con qué te gustaría que te sorprendiera de todo lo que estoy imaginando, con qué volverías a pecar y qué te llevaría al éxtasis y a la perdición. Quiero y ansío sucumbir a ti como no he querido nada en mi vida. Eres mi droga. Si me faltas, siento que algo me parte en dos por dentro. Eres quien confiere poder absoluto a mis básicos instintos. Estoy luchando contra ello, pero no quiero que desaparezca, sino que consiga hacerme sentir viva y plena una vez más.
¿Perderme en ti? ¿Cuántas veces podré? ¿Y si no soy suficiente para ti? Por Dios, quiero ser tu perdición, ser por quien quieras olvidar el mundo que nos rodea. Pero que, en nuestro microespacio, en nuestro infierno, allí donde podamos arder, donde podamos consumir toda nuestra energía, donde podamos dar salida a nuestros sueños más inquietantes, quiero que te descubras ante mí. Estás tan próximo a mi piel ahora mismo que me invaden todo tipo de pensamientos, de necesidades y anhelos por cumplir contigo que ni siquiera sabía que podía llegar a tener. Mi piel arde.
Quiero… no. Necesito, ese es el verbo adecuado. Necesito hacer que me veneres como a tu diosa, que estés buscando mil maneras de perderte continuamente en mí. Tú, el que jamás se inclina, esta vez tú, inclinado entre mis muslos como salida a un viaje sin brújula, sin billete de vuelta. Un largo descenso sin frenos, pero con mucha inclinación, premeditación y alevosía. Un viaje hacia el sur.
Mi estabilidad se corrompe si piensa en tu boca. Da igual si estoy de pie o tumbada. Tu forma de agarrar mis caderas, mi culo, mis pechos, mi cara al besarme, hace convulsionar mi vientre. Los dedos de mis pies se contraen en el suave y esponjoso edredón. La suavidad fría de las sábanas de seda contrasta con el furor ardiente de mi cuerpo y me hace querer frotarme por ellas o contra ellas. Estoy nerviosa y cachonda.
Ya empieza.
No puedo esperar, no quiero esperar. Quiero meterte en mí, desesperadamente en mí. Quiero hacer que vibren tus entrañas en el mismo tempo que lo hacen las mías. Quiero darte placer infinito revueltos en esta cama, en nuestra casa o en cualquier otro sitio, en cada esquina dibujada por las calles de esta pequeña y costera ciudad, en cada tramo de oscuridad levemente iluminada que invite a poder ser descubiertos, en los sitios más bulliciosos por los que se pasea el turismo, en todos y cada uno de tus más profundos rincones sin explorar, donde tus secretos y fantasías más ocultas y más íntimas sean mías. Me excita pensar que al menos esa parte de ti es virgen, como lo es mi culo.
Quiero ser la única que sepa quién eres realmente, con quién decidiste desarmarte por fin, sin máscaras, sin miedos. Ese yo tan crudo y exótico que me atrae desde la primera vez que lo intuí, como carnaza a tiburón.
Mmm… volverte loco. Mientras más lo pienso, más me seduce la idea de vivir escenas como las de películas. Se me viene a la mente la escena de baile entre Sharon Stone y Michael Douglas en Instinto Básico. No se me ocurre algo más lascivo que ese baile. Quiero hacer que no sepas en qué día vives porque no estás conmigo. Que te duela la piel porque no te rozo, aunque esté cerca tuyo. Que mi voz resuene en ti como el estribillo de esa canción que es tan pegadiza como poderosa. Volverte loco. Tenerte desesperado porque no tienes mi mirada clavada en tu boca, ni mis manos recorriendo tus potentes muslos y tu poderosa y dura bragueta, ni mi acento clavado en tu sien porque no te hablo. Y es que no quieres que pare, porque piensas que mi tono de voz es tan sensual que te deleita y te relaja a partes iguales, porque me escuchas reír y sientes que te invade una felicidad contagiosa.
Quiero que estés impaciente por tenerme contra tu cuerpo, tocarme, olerme, lamerme, sentirme piel con piel, volvernos locos de pasión y sentir esa presión en el pecho de insatisfacción porque nunca es suficiente. Sentir que estamos hambrientos el uno del otro porque encajamos perfectamente como nunca lo habíamos hecho con nadie de esta forma tan especial.
Y a pesar de que no es sano, esta dependencia no podemos controlarla. No queremos parar, sino seguir a pesar de todo y de todos, probando y probando. Ensayo, prueba y error.
Fue esa oleada de esencias que se desprendían de tu caro perfume francés cuando te arrimabas las que me atontaban y me inundaban los sentidos. Me quemaba la piel y traspasaba cada centímetro de mi ropa, como si fuera algo radiactivo. Por Dios, si lo siento hasta en la punta de la lengua ahora mismo. Joder. Quedó impregnado en mí al lamerte una y otra vez anoche. Y de nuevo ese enganche al recuerdo de esos roces inesperados, pero muy calculados por tu parte, de tu cuerpo contra el mío. Daba igual que solo fueran toques livianos en los brazos o una ligera presión de tus dedos en mi cintura. Lo tenías todo calculado. Tú no haces nada al azar. Ahora lo sé. En ese momento era tan ingenua como cretina. Así me pilló todo, súper desprevenida. Serás cabrón. Cada vez tengo más calor y de nuevo ese olor, porque te acabas de girar en la cama. Por favor, muero porque me revientes otra vez, sin parar. Y ese olor a ti tan personal ahora en la almohada, porque tu pelo y cada poro de tu piel lo emanan por litros. Todo se vuelve turbio si la brisa de la ventana lo agita. No puedo evitar introducir un dedo en mí.
Bordeo el boceto de las braguitas en mis labios. No me dejaste quitármelas, te daba morbo dejarme con algo puesto. Otra vez uno de tus juegos. Y ahora, con mi pudor habitual para conmigo misma, intento encajar un dedo aunque sé que algo más que eso requiero. Me autoexijo algo de paz y consuelo y, aunque estoy toda empapada, los recuerdos me hacen torpe. Sigo exhausta, pero súper caliente. Aún me tiembla todo y esta sensación es tan nueva para mí, esta sensación de no poder parar de convulsionar, que hace que me cueste hasta respirar.
Mis piernas piden a gritos abrirse de par en par para orar por el perdón de los pecados que voy a empezar a cometer junto a ti. Pero estás durmiendo tan plácidamente a mi lado que es delito.
O quizá ya había comenzado a cometerlos mucho antes de empezar contigo anoche, aunque todavía no lo sabía.
Shhh, me digo, como si mis pensamientos pudieran oírse. Huele a café recién hecho. Mmmm… qué delicia. Shhhh, me repito. Agradezco la brisa fresca. Mis mejillas arden. Mis labios están encarnados otra vez, dejando de ser rosados por la temperatura que voy cogiendo. Los veo engrosados incluso a través de las bragas. Bendita humedad que llega del mar. Bendita ventana abierta que deja que me invada ese frescor de la madrugada temprana que juega a ratos a ponerme a prueba. Por un lado, me gustaría correr y levantarme para cerrarla y que nada te enturbiase el sueño. Eres digno de contemplar. Y, por otro lado, agradezco la corriente que me refresca sutilmente si me quedo completamente quieta. Así puedo dejarme llevar por otro más de mis despiertos sentidos. Y es que, cuando el salitre entra, la sensación que tengo es que puedo hasta masticarlo. Pero sigue ganando uno a cero la brisa marinera. La preciso. Me alivia.
El ambiente se vuelve tan denso por la humedad que mi mente no tiene salida. Y al cerrar los ojos una vez más, tú vuelves como un huracán y se repite y se repite, con jadeos perniciosos, toda la noche vivida en cámara lenta. Tanto es así que llegan hasta mi boca mis ahogados gemidos.
Contigo no solo vibra mi cuerpo. Tú consigues que vibre mi alma. Y eso no lo hace cualquiera. Puta frase hecha. ¿En qué momento la leería? En el jodido Instagram.
Erika, para. Otra vez este puto sueño, ¿en serio? Pues sí. Y tú de nuevo. Vivan las pajas mentales. Pero no puedo evitarlo. Te hablo como si pudieras escucharme y solo son recuerdos. Pero ¿qué hago? ¿Qué puedo hacer? Maldita sea, si vienen a mí cada vez que me toco, como aquel primer amanecer contigo a mi lado.
Erika Moore
No es para todos. Nunca lo fue.
El acceso no se solicita.Se concede.
by invitation only
Acceso: info@erikamoore.es
© Erika Moore — Todos los derechos reservados