Erika Moore - Acceso solo por invitación

No sé cómo me encontré con un vaso ancho de fino cristal tallado con un par de hielos y un dedo de Jack Daniels en la mano. Estaba sentada sobre mi larga falda en el frío suelo del apartamento de Edu.

Estaba como ida. No recordaba bien cómo habíamos llegado hasta allí solamente que había sido rápido. Edu vivía en un ático moderno enfrente del mar. Apenas se notaba su uso por sus viajes frecuentes.

Estaba todo impecable y la decoración era mínima y sobria.

Lo que más llamó mi atención fueron los cientos de álbumes de música en LP colocados en una librería por colores de portada como si fueran libros. Espectacular. Y un cuadro que podía medir lo mismo que yo —y no soy bajita— en una pared solo para él. El cuadro era una madeja abstracta de negro y rojo sobre un fondo blanco en relieve que tenía forma de culo. Pero oye, ni idea. Erótico era.

Mi espalda reposaba en una columna de ladrillo visto en mitad del salón. Ya entraba la poca luz que le robaba el anochecer al día cosa que agradecí tras un día muy caluroso y bastante pegajoso por el dichoso terral. Llegaba así una brisa muy agradable del mar y un descenso de temperaturas. No de todas diré. Algo aliviaba mi furor al menos, eso y los hielos de mi whisky on the rocks.

Escuché a Edu andar por el pasillo descalzo. El mármol suena especial con tanto eco. Y me sobresalté al oír a alguien más.

Había quejas y una conversación que empezaba a subir de tono. Era Edu quien suplicaba para mi sorpresa casi como un niño pequeño.

—Por favor —repetía—. Por favor.

—Eduardo no. Ya te he dicho que no.

Me incorporé despacio para no resbalar. El whisky me animó a hacerlo. Seguí el murmullo por el largo pasillo hasta una escalera me asomé y la vi.

Era una mujer espectacular. Morena de pelo corto por los hombros. Mayor, sensual con unas curvas prominentes que se adivinaban bajo aquel vestido rojo ajustado que llevaba y unos tacones de infarto rojos. Me recordó a los mejores años de Catherine Zeta Jones. Tenía toda la pinta de ir a algún sitio muy elegante.

La barandilla me infundió valor para bajar donde estaban ellos. Aunque aguardé un poco más ahí quieta casi sin respirar con una excitación que no reconocí por escuchar aquella conversación íntima.

—Te digo que no puedes, Eduardo. Fin de la discusión. Te quedas aquí solo tú con ella.

—Pero joder, de verdad que no va a causar problema alguno. Es sumisa completa. Yo me hago responsable de ella.

—Eduardo, ¿qué no entiendes? Tú eres mío delante de todo el mundo y no te comparto con nadie. No voy a permitir que traigas a nadie que pueda poner en duda mi imagen y reputación. No sé qué has visto en ella la verdad. Pensaba que te gustaban con cara de puta.

—Tendrías a los dos como tuyos, Mía. Seríamos tus esclavos a tus órdenes. Nada cambiará.

En ese momento fui descubierta. Ella me miró. Me lanzó una mirada soberbia y altiva e inmediatamente retrocedí sobre mis pasos.

Nunca me habían hecho sentir tan poca cosa. Edu saltaba los escalones de dos en dos después de escuchar a Mía despedirse.

—Pelirroja, nos quedamos aquí. ¿Te hace otro on the rocks?

—¿Y dónde se suponía que íbamos a ir?

—A una fiesta. Quería que te divirtieras. Pero bueno nos quedamos aquí. Tampoco se está mal. —Y me guiñó un ojo.

Se giró sobre sí mismo cogió al azar un LP y lo puso en el tocadiscos a toda pastilla. La voz de Paolo Conte empezó a rebotar contra las paredes casi todas vacías. El italiano embriagador llegaba como un tornado y mi cuerpo se mecía con él. El whisky bailaba cada acorde como si fuera la primera vez que escuchaba música.

Se abalanzó sobre mí como un animal. Me lanzó contra la mesa. Se bajó la cremallera y su erección dura asomaba apuntándome.

Caí sobre la dura mesa de acero y cristal boca abajo y mi aliento empezó a empajarla. El vaso se precipitó por el suelo en mil pedazos. El poco líquido mojó el suelo y los restos del hielo no tardaron en desaparecer. El estruendo le puso más cachondo. Parecía que todo el descontrol era un aliciente para su libido.

Mi falda quedó de cinturón y abriéndome con sus manos los muslos de par en par me embestió. Grité o mejor dicho aulló. Dios, qué gusto pensé. Me giré para mirarlo y le vi jugando con un hielo en la boca. No sé cómo ni cuándo lo cogió pero se lo quitó de entre los dientes y me lo pasó por el coño entumecido. Un escalofrío hizo que me moviera de golpe. Sujetó hábilmente mi cuerpo presionándolo contra la mesa con una mano. Sus sacudidas eran monumentales y yo solo pensaba en saciar su sed ese hambre animal que olía en él desde que lo conocí.

Puso el hielo y lo empujó con su polla dura hasta mis adentros. Sus huevos ya chocaban contra mí en un ruido sordo que apenas se oía. "Vía con me" sonaba en bucle. Ahí me di cuenta de que era la misma canción una y otra vez. No me oía ni mis propios pensamientos. Solo a Conte con esa voz rota.

Me desperté empapada en sudor en una cama enorme. Él estaba a mi lado. Su respiración era muy agitada y mi almohada estaba manchada de carmín rojo. La luz de luna inundaba la estancia. Había luna llena y era reflejada por el tranquilo mar Mediterráneo. Su cuerpo me llamaba a gritos. Despacio me deshice de la poca ropa que me quedaba puesta. No quería despertarlo así. Hundí mi cuerpo sigilosamente debajo de la sábana de hilo que lo medio cubría y empecé a lamer sus muslos uno a uno. Primero el derecho despacio con todo el tiempo del mundo y deleitándome en cada movimiento. Luego el izquierdo. Mi coño empezaba a palpitar y mis tetas rozaban el vello acariciando los pezones de una manera dulce y sensual.

—No pares —gimió—. Quiero que grites. Quiero que te quedes seca. Eres mía.

Sus huevos eran una fuente infinita de mi placer. Jugar con ellos en mis labios succionar y lamer para lamer y luego volver a succionar. Su polla no tardó en dar señales de envidia. Parecía el palo mayor de un barco. De mi barco.

Su cuerpo empezaba a moverse intranquilo. Él no paraba de gemir y yo sentía otra vez que era poderosa. Elegí dejar caer mi saliva por todo su miembro. Qué rico manantial de placer. Le miraba embobada esa mirada otra vez. Su expresión era seria y altiva pero yo seguía chupando y chupando. No era solo por él era por mí. Me parecía exquisito.

—Basta déjame —me gritó. Palidecí.

Quedé descolocada y ahogada en mis propios gemidos. Apartándose de mí se levantó de un salto de la cama. La bordeó. Le seguí con la mirada estupefacta. Y cuando me quise dar cuenta tenía un pintalabios rojo en los dedos. Se acercó a mí.

—Abre la boca —ordenó casi escupiéndolo.

Me dibujó toda la boca con rudeza. Y después al contemplar su obra con la poca luz que entraba por el balcón que estaba abierto de par en par con el dedo gordo me corrió toda la pintura por la cara.

—Ahora te voy a follar como no te mereces pero me apetece ser generoso.

Llevaba la erección por toda la habitación y yo hechizada por ella solo asentía a cada cosa que decía o hacía.

Abrió un cajón y sacó un dildo metálico que reflejó parte de luz en él. Sus ojos brillaron y mi culo se encogió. Pero yo ya estaba chorreando viendo cómo se movía elegantemente por la habitación cogiendo un bote y una camisa que parecía vieja y desgastada del vestidor.

Destrozó la camisa. Hizo jirones.

—Quiero que te arrodilles encima de la cama y quiero que juntes las manos por detrás de la espalda. ¿Entendido? No es difícil.

Ató mis manos con uno de los trozos de la camisa. Tenía un tacto suave pero firme.

—Ahora inclínate hacia delante y apoya la cara en la cama. Ábrete para mí todo lo que puedas. Vamos, putita.

Seguía empalmado y estaba disfrutando. El tono que estaba utilizando era de superioridad y bastante cínico. Era agrio. Y a mí me excitaba. Y él lo notaba en cada movimiento que me ordenaba. Mi predisposición era tal que no sabía si era por asombro o porque solo quería satisfacerle.

Completamente expuesta a él. Completamente vulnerable. Mi coño chorreaba cada vez que notaba su cuerpo cerca.

—Junta los tobillos —ladró.

Me ató los tobillos.

—Ahora sí puedo follarte. Mía no tardará en volver y quiero estar saciado de ti. Qué coño tendrás, pelirroja, que no puedo dejar de pensar en follarte de mil maneras. Esta noche quería lucirte delante de un montón de desconocidos. Quería que vieran cómo te mojas con una palabra mía. De qué manera tan brutal te follo y el gusto que me da que te miren cuando lo hago sabiendo que no pueden hacerlo ninguno de ellos sin mi permiso. En otra ocasión será. —Yo estaba ojiplática.

Oí el bote abrirse y de repente sentí cómo caía por todo mi coño lubricante frío. Se deslizaba con ayuda de sus dedos por cada pliegue. Sentí su respiración en mis muslos y un lametazo me estremeció.

—Ahora voy a introducir el dildo en tu culo. Lo calentaré antes en mi boca. ¡Ábrete bien! ¡Vamos!

Con total maestría echó más lubricante por todo mi culo. Me resbalaba por los muslos e introdujo el dildo. Empezó a frotar mi clítoris con un dedo y noté su polla dura contra mí.

Esta vez lo que hizo fue castigarme con el dolor de la espera. Lo hizo todo tan lento que dolía. Su capullo se acercaba a mí. Lo notaba. Pero no entraba rodaba y rodeaba mi clítoris la entrada de mi vagina dando tanto placer que era para gritar.

—Si quieres que pare solo dilo.

De repente noté sus manos en mi cuello. Empezó a apretar y noté cómo entró su polla sin piedad. Me corrí 1, 2, 3. Veces. Perdí la cuenta.

Joder me acojoné. Me estaba gustando tanto la sensación de pérdida del control que era vertiginoso. No pudo parar de follarme hasta correrse. Y yo no dije absolutamente nada. Fui más suya esa puta noche más que de nadie hasta ese momento.

Y después llegaste tú otra vez pero en ese momento solo sabía que había sido la experiencia más electrizante que había tenido en toda mi vida.